lunes, 4 de octubre de 2010

Vivir, vivir y sobrevivir

Me prometí no volver a trabajar de camarera nunca más pero cuando no se tiene otra opción ¿qué vía hay que escoger? La A (de alternativa). Cuando se está en un país al que no perteneces cuesta dedicarse a lo que te apasiona, a lo que te has formado en la escuela y a lo que crees que serás de mayor, porque las elecciones se limitan y te toca apechugar  haciendo de esta ilusión algo efímero y trabajando de lo que se puede para que te dé de comer, para pagar el alquiler del piso y para que, encima, puedas visitar el país en el que vives. No olvidemos que soy inmigrante, llegada desde muy lejos y vivo en un país que muchas veces me recuerda que estoy en otro planeta ya que sus paisajes, sus playas y su naturaleza a tan sólo cinco minutos, una vez se sale de la ciudad, son espectaculares. 

Es por eso que después de haber pasado este medio año en Dunedin el país cada vez me apasiona más ya sea porque no dejo de sorprenderme viendo estos parajes salvajes. Cada día está lleno de descubrimientos -siempre naturales- que a veces ya no puedo explicar, tal vez sea, porque aquella visión constante en la que todo me impresionaba al principio ya no es la misma un tiempo después. Ahora me son comunes los cambios de direcciones en la acera y en la carretera, ver correr a gente por la ciudad a todas horas, el cierre de las tiendas a las 5.00pm y las cenas a las 6.00pm. Frecuente es ver que los viernes la basura orgánica y los lunes el cubo azul del reciclaje están enfrente de las casas, así como, los pitidos de los semáforos cuando están en verde, la baja intensidad de las farolas y las señales que te avisan de peligro, de prohibición, de riesgo y que te avisan de y por todo. 

Además, en este tiempo, he podido recorrerme la ciudad cuántas veces hiciera falta tanto para fijar las asignaturas, cursos y por fin, título académico en la universidad como para colgar algún que otro cartel o dejar tantos curriculum vitae hiciera falta en los pequeños y grandes medios de comunicación. Pero a pesar de ello y tras pasado ese tiempo, aún percibo, cada vez más, la dificultad de ser inmigrante y dedicarse a lo que realmente llena por vocación o por placer; he debido activar la opción A y caer en el error (o quizás no es tanta la equivocación, según se mire con un ojo a la izquierda pensando en la economía y supervivencia) de trabajar en la hostelería. Mis clases de español me dan dinero pero no me llega para vivir. El trabajo de canguro es más bien ocasional, lo cual me trastorna un poco pero me da algo extra, y las horas de trabajo que me dan en un backpacker (albergue para mochileros) están condicionadas por mi nivel de inglés ¿o no? ¡ver para creer! Y creo que este sentimiento, quizás de resignación, me viene a la cabeza una vez leo la situación juvenil plasmada en una web de un diario español dónde se están recibiendo un centenar de comentarios a cerca de los pensamientos, las inquietudes, las frustraciones, las ambiciones, los deseos, las nostalgias, los esfuerzos, los logros y un gran etcétera que ahora mismo, los jóvenes -españoles- tenemos.

Quizás la situación en España no esté pasando sus mejores momentos. Pero desde la otra parte del mundo, y un poco ajena a lo que sucede allí, lo único que puedo manifestar de una forma más agradable, es que estos seis meses aquí me han servido para mucho, han sido largos, intensos y enriquecedores. Sin duda, una vez pasado este tiempo en New Zealand y haber conseguido el Work Permit (Permiso de Trabajo), algo por lo que he tenido que apostar duro, he debido meterme de lleno en la búsqueda de trabajo e ir a conseguir lo que se pudiera pues ya no tengo restricciones ni exigencias. De tal modo que, al mismo tiempo que empezaba a trabajar en un restaurante italiano, por otro lado me estaban llamando para concederme una entrevista en un hotel dónde, tan sólo dos días después, estaba firmando el contrato indefinido. Lo que me da a entender que sí que hay trabajo en el país, de ahí su baja cifra de desempleo, rozando un 4% de la población. No obstante meter la cabeza en el sector profesional requiere algo más de tiempo pero al final se consigue. Estoy segura de ello por que me han contado y he visto algunas otras situaciones que han terminado bien, muy bien. Pero ahora, sólo debo aceptar 'ese' trabajo que me permita quedarme en el país un tiempo más, esperar que llegue el verano y con él las navidades, visitar la isla norte, la isla sur, Stewart Island y luego volar. Puede que, en parte, sea un sueño, pues haré lo que sea para conseguirlo y así, poder continuar formando de mis inquietudes, mi viaje. Y para ello, hace falta esfuerzo y un gran colchón económico que tendré a base de trabajos que me ayuden, al menos, a alcanzar parte de esta ilusión. Es tan necesario el dinero... 


Pero sigo feliz y entusiasmada, no por trabajar en la hostelería; echando de menos a las personas que me apoyan en todo momento, confían en mí y en mis valores y sobre todo, aguardan el momento en el que al fin, logre aquello que me corresponde, porque he de confesar que su energía positiva me llega diariamente. Entretanto, estar en el hemisferio sur, es estar andando boca abajo pero con la cabeza bien alta, sentirse tan cerca del polo sur como antes nunca había estado y saber que alrededor de unos 126 kilómetros, estés donde estés en la isla sur, te encuentras las aguas del P(p)acífico. Sin más, para todas ellas,  esperando veros sonreír, me despido con un ¡ooolé!

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S. Aparicio Ramírez

domingo, 26 de septiembre de 2010

Llega la primavera

Llega la primavera. Por alguna rara razón en New Zealand dicha estación empieza a principios de septiembre. Un mes bastante característico sobre todo por el nacimiento de corderos, y esto supone que alrededor de unos 40 millones de ovejas que hay repartidas por todo el país pueden parir. Después de llevar el embarazo durante el invierno,  frío y lluvioso en la isla sur, de forma ‘natural’ las ovejas tienen a sus crías y aquí, los granjeros y pastores, aguardan expectantes el momento para hacer negocio. ¿En qué sentido? Muchos de los ganaderos cuentan con grandes propiedades donde un rebaño de unas cien ovejas corre y se alimenta a sus anchas, pero una vez ya tienen a los pequeños corderos, éstos son vendidos por unos 100 dólares neozelandeses cada uno. Además, si la temporada ha sido buena, es decir, si hay suficientes crías para hacer del mercado un gran negocio, el precio por cada animal se incrementará. Sin embargo, hay que tener en cuenta un factor casi primordial en este país: el tiempo.


Oficialmente, a primeros de mes, se da la bienvenida a la primavera, aunque esto no significa que con ello llegue siempre el tiempo más cálido y soleado. No obstante, sí que puede darse el caso de que septiembre es un mes transcendental de lluvias, sol, nubes y desafortunadamente, de tormentas. Así que a mitad de mes, la isla sur tuvo una tormenta llegada desde el mar de Tasmania. Ésta trajo temperaturas bajo cero, fuertes vientos, de hasta 120km/h, y dejó enormes nevadas, no vistas anteriormente en pleno invierno. Alrededor de unos doce días, tuvimos mucho mucho frío y la ganadería sufrió una de las peores temporadas de los últimos años. Los miles de corderos recién nacidos, fallecían y ahora sus cuerpos se intentan vender a 50 céntimos cada uno. ¿Para qué? Probablemente para carne y poco más. Su precio se ha reducido hasta tal punto que el gobierno debe intervenir y conceder dinero a todos los ganaderos afectados. Se estima que la pérdida de ganado es de unos 50 millones de dólares neozelandeses. Pues una de las riquezas de este país son principalmente las ovejas, el viñedo y los terrenos frutícolas. 

Con esto, seguimos en lo cierto, en New Zealand dimos la bienvenida a la primavera a principios del mes de septiembre. Algunos días soleados y más cálidos, otros nublados y fríos; la llegada de una tormenta que dejó nevadas y un gran desastre ecológico. Pero a pesar de todo, a mitad de mes, el 18 de septiembre, una gran comunidad de chilenos afincados en Dunedin desde hace unos cuantos años, celebraban su tradicional fiesta de la Independencia -de España-. Este año, la celebración era algo más especial pues se cumplían 200 años de dicha independencia. Ellos, acostumbrados al mismo orden estacional del hemisferio sur, suponían que el tiempo aquí podía sorprender. Sin embargo, en Chile, andan más relajados por estas fechas ya que las temperaturas rondan los 20 grados y la gente, en este día tan popular, se reúne en parques, jardines o en casa de amigos para comer, bailar, hablar, beber, comer y beber. Ahora, en Kiwiland deben hacer lo mismo. Con la misma alegría y festividad y con una muy buena organización, alquilaron una iglesia abandonada, apta para actos especiales, en medio de un jardín verde y frondoso. Justo ese mismo día, el 18: La Pecadora, cayó, en la ciudad de Dunedin, un inesperado granizo que más tarde se convirtió en nevaba. Eso sí, la música, el asado, las empanadas, los calzones rotos, los wevones, los cachai, los bailes, las risas y un gran etcétera, no cesaron ni por un segundo.

Rodrigo y Sofía. Fiesta 'La Pecadora'
Dunedin, New Zealand.


Ahora bien, tras tratarse septiembre del mes del nacimiento de corderos, de las tormentas inesperadas, de la celebración para los chilenos de la fiesta popular 'La Pecadora' -por cierto, ¡Feliz 200 años Chile!-, llega la primavera en New Zealand. Finales de mes y al fin, sale el sol más de tres días, en el piso no hace falta encender la calefacción y se puede tomar y beber en las terrazas de los bares. Además, el pasado sábado 25, el país cambió el horario de verano, es decir, se añadió una hora más de luz al día. Esta idea nació en 1905, el constructor inglés William Willet, concibió el horario de verano mientras paseaba a caballo justo antes del desayuno, cuando en ese momento pensó cuántos eran los londinenses que dormían a esa hora, durante la mañana. Así que el 30 de abril de 1916 se aplicaba esta idea en Alemania junto con sus aliados y sus zonas ocupadas fueron los primeros países europeos en emplear dicho horario. Desde entonces otras muchas propuestas, ajustes y renovaciones se han dado a lo largo de los años en distintos países. Si en Europa el cambio de horario se concibió por primera vez a finales de abril de aquel año, en New Zealand lo hizo en 1927. Se acordaba así que el horario de verano empezaría el primer domingo de noviembre y se alargaría hasta el primer domingo de marzo. Ahora bien, pasados los años, las fechas en las que se aplica dicho cambio han ido variando hasta el 30 de abril de 2007 (curioso que se hiciera el mismo día que en Europa pero casi que un siglo más tarde), cuando el gobierno neozelandés anunció que el horario de verano duraría de unas 24 a 27 semanas, pues se debía entonces cambiar la hora el último domingo de septiembre y se prolongaría hasta el primer domingo de abril. 

Ahora sí, en New Zealand llega la primavera.

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S. Aparicio Ramírez

miércoles, 8 de septiembre de 2010

iPad se escribe con i

Cruzando el mar de Tasmania se encuentra la gigante y famosa Australia. Muchas son las diferencias que se podrían hacer de unas islas pequeñas y salvajes, como es en su conjunto New Zealand, comparándolo con la ciudad de Sydney ya que sólo la población de un país entero es la misma que la ciudad costera al sur-oeste australiano.

Durante seis días he estado fuera de este pequeño país pero ahora, ‘desgraciadamente’, ya estoy de vuelta. Se dieron por terminado unos días de auténtico placer. Esto se debe, en parte, a una compañía latina inmejorable. Conocí a Jackie, una chica de 23 años, mejicana, divertida y dispuesta a 'chupar' tequila todo el tiempo en los populares carnavales alemanes de Köln. Allí coincidimos en casa de mi gran amigo Josep y tras pasar unos días de disfraces y frío, cada uno volvió a su rutina diaria que por aquel entonces tenía. Eso era, estar repartidos por distintos países europeos como Francia, Alemania o Inglaterra, estudiando, o bien, trabajando. Después de un año y medio, vuelvo a encontrarme con Jackie y su sangre mejicana, alegre, latina, de piel morena y otras más percepciones invisibles que no se me ocurren, a lo mejor porque es latina y con eso basta, entonces ayuda, por supuesto, a que en Sydney me haya sentido acogida por una amiga que conocí disfrazada.

Harbour Bridge. Sydney, Australia

Ahora, tras pasar estos días en Sydney con ella y con su compañero de piso, me doy cuenta de lo grande y pequeño que es el mundo pues cuando nos despedimos a mediados de aquel febrero jamás figuramos volvernos a encontrar en esta isla de tamaño espeluznante. Pero aquí estamos. Puede ser que el estar trotando de un lado al otro tenga estas enormes coincidencias. En sus idas y venidas, el viajero sólo quiere divertirse, conocer, ayudar, ser ayudado e interesarse por una nueva ciudad que siempre abre las puertas a todo aventurero.

Así que como buena aventurera me atrevería a decir que Sydney me ha mostrado su cara más 'bonita'. Desde el primer momento he sentido como esta ciudad, 'bebé' en cuanto a su reciente desarrollo, adquiere un nivel de vida bastante alto. En parte, porque me he movido por entornos de alta élite y no he tenido la ocasión de visitar suburbios donde, probablemente, podría encontrarme familias de clase baja. No estoy segura de que las haya aunque tampoco puedo decir lo contrario. No obstante, también es verdad que a ojo de todo turista cuando se pasea por algunas de las calles más transitadas, como puede ser el Center District Business (Distrito céntrico de negocios) su aire es muy pero que muy yankee. Hora del lunch, hora punta: 12.30, móviles, blackberries, cafés, sandwiches, sushi, mucho sushi, trajes, i -lo que sea, corbatas, tacones, bolsos, portátiles, etc, etc. ¡Qué miedo! El tráfico está congestionado, no se oyen bocinas, pero se oyen los semáforos intermitentes cada vez que se pone en verde –también lo hace en New Zealand-. Es, sin duda, la hora de comer y la zona está a rebosar de trabajadores y turistas.

Por lo que si tuviera que utilizar una palabra para definir esta gran ciudad, lo primero que se me viene a la cabeza: sorprendente; y así es, después de andar un jueves, viernes o miércoles cualquiera, y ver todo esto. Su nivel adquisitivo me ha impresionado. Con una población de más de cuatro millones, una gran comunidad asiática e hindú y descendientes de ingleses y otros europeos, Sydney, es multicultural y ciudad de negocios. También lo es de ocio. En cada esquina tienes un bar, cafetería, discoteca o restaurante. Además, al tratarse de una ciudad costera, son muchos los que a diario se desplazan a Bondi Beach para surfear en su larga playa o hacer cualquier tipo de deporte alrededor de su paseo. Nada alarmante viniendo del país de aventuras y riesgo por excelencia, pero siempre llama la atención.

Y una vez más digo "sorprendente Sydney" cuando antes de viajar no me podía imaginar el tipo de ciudad que era. De hecho, me imaginaba que habría una red de metro bastante avanzada y un sinfín de transportes públicos para que los más de cuatro millones se movieran a diario. Sin embargo, no estoy del todo en lo cierto; el centro se une por un tranvía circular, elevado a unos cuantos metros del suelo, y los distritos, por trenes y no metros. El resto de población conduce su propio automóvil. Percibí una vida relajada y cómoda, algo individualista, viviendo el día a día, enchufados continuamente a nuevas tecnologías... Tanto es así, que cuando me disponía a coger el último tren al aeropuerto, el chico que esperaba conmigo desde las 4.45 de la mañana y hasta las 5.09, escuchaba música y jugaba con su iPad, la iPad que se escribe con i, tan sumergido estaba que yo, desde la puerta del convoy, no le pude avisar que su -nuestro- tren ya partía. 

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S. Aparicio Ramírez

viernes, 27 de agosto de 2010

Gravedad en las 4.40

Desde bien pequeña en el colegio me enseñaron lo que significaba la gravedad -Ley de la Gravitación Universal de Newton-. Cada vez que un bolígrafo, estuche, hoja de papel o mochila se caía al suelo, la profesora, muy astuta en cada momento, decía "la gravetat..." (gravedad, en castellano). Nacida en Valencia pero castellano parlante, cuando era pequeña mis padres decidieron apuntarme a un colegio laico, con una educación plenamente en catalán (lengua de donde nacen las variantes dialectales como viene a ser el valenciano, catalán central o balear) y como alternativa para que creciera durante 11 años envuelta en la lengua propia de mi ciudad, lo cual, con el transcurso del tiempo, me he dado cuenta que ha sido enriquecedor. Así que ahora, a parte de hablar valenciano, puedo recordar que la fuerza de que los objetos caigan con aceleración constante en la Tierra y la fuerza que mantiene en movimiento los planetas y las estrellas es la de la misma naturaleza. Pero debido a la rotación de la Tierra, los cuerpos experimentan una fuerza centrífuga que varía según la latitud. 

Entonces, cuando el boli, estuche, hoja de papel o mochila caía desde una latitud X su velocidad dependía de la distancia que recorría pues ésta era más bien corta. Sin embargo, ¿qué ocurre cuándo el cuerpo cae de una latitud de 12000 pies (3.657,6 metros)? Pues que se vuela a una velocidad de 200km/h. Y si esto es verdad, el pasado lunes experimenté unos 45 segundos de caída libre a una velocidad de 200 kilómetros/hora. ¡Vaya pasada! Y ¿puede eso ser verdad? ¡Sí! y tan verdad...

Mientras sigo mi periplo por New Zealand, el pasado lunes 23 de agosto me di un homenaje y visité un pequeño pueblo al sur-oeste de la isla sur llamado Queenstown. Su extremada actividad da pie a la 'capital del mundo de aventuras', como se hace anunciar en agencias de viajes, folletos y anuncios varios como resort tanto de verano como de invierno. De este mismo modo, Queenstown se convierte en una pequeña ciudad dinámica de unos 8.500 habitantes.  Esta región fue descubierta en 1850 por unos ganaderos que pasaban por la zona. Pero no fue hasta pasados 12 años cuando dos esquiadores encontraron oro a orillas del río Shotover y en tan sólo un año, pasó a ser un auténtico pueblo minero. Cuentan que la belleza de esta región impresionó tanto que el Gobierno neozelandés debía poner un digno nombre dónde sólo una Reina podía vivir en ella. De ahí: Queens (reinas) y Town (pueblo): Queenstown.

Como tenía entendido en esta villa podría disfrutar de unas pistas de esquí con vistas realmente alucinantes. Así que me embarqué en la idea de esquiar por unos días en pleno agosto ya que me resultaba exótico y diferente. Sin embargo, cuando uno viaja solo, la aventura es tan imprevisible que aunque se planifique el hospedaje, los días, el transporte y algunos extras, hasta que no se llega al lugar, no se sabe lo que va a pasar. Y efectivamente eso es lo que me ocurrió. El mismo día que llegaba a Queenstown me reunía con unos amigos chilenos que estaban por la zona, quiénes me llevaron a unas piscinas de agua fría, caliente, chorros, corrientes, toboganes y algunas pijadas más. Todo ello por un modélico precio aunque el estar allí era un auténtico lujo con vistas a montañas nevadas y un cielo cubierto. 

Ahora bien, estaba a punto de experimentar mi gravedad sin yo saberlo. Tras pasar una apacible noche, relajada y entusiasmada, a la mañana siguiente me dirigí a la oficina de información, pregunté por actividades extremas y la recepcionista, muy buena en su trabajo, me aconsejó que "sin duda, necesitaba hacer algo realmente crazy pues lo veía en mi cara". Ya os lo he dicho, muy buena comercial, me convenció y una hora más tarde iba rumbo al complejo aéreo para poder volar. O lo que es lo mismo hacer skydive (paracaidismo). Un equipo de instructores realmente profesional, me equiparon, me dijeron que debía hacer en el momento del salto, bebí agua, café y fui al servicio 3 veces. No podría describir la sensación que tuve por 45 segundos, volando a 200kilómetros/hora. La latitud era de 12000 pies y mi caída de extrema velocidad. De una cosa estoy segura y es que el tiempo de vida se me paró y sentí que el movimiento de la tierra se aceleraba pues era yo que descendía a gran rapidez. Un vacío se apoderó de mí y tras pasados escasos segundos ya simplemente quería volar. 

Nunca creí que unos ridículos 45 segundos podían durar tanto ni tampoco que en ese largo intervalo me pudiera invadir la euforia, la locura, la incertidumbre, la alegría, el alucine, el 'acojone' pero al mismo tiempo que no me invadiera nada.

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S. Aparicio Ramírez

miércoles, 4 de agosto de 2010

Azul oscuro grisáceo

Desde un pequeño montículo de arena fina y húmeda, en la playa Saint Kilda se puede oler y respirar el aire más puro de Dunedin. Se trata de una playa larga, muy larga, donde en un punto, no sé cuál exactamente, llegas a la playa Saint Clair. En ella encuentras un paseo y una decena de cafeterías, padres con los niños jugando en los columpios y gentes paseando su animal doméstico. Y bien domesticados han de estar estos perros porque quien tiene uno debe educarlo para que, en cada momento que sea llamado al orden, obedezca todas sus instrucciones. Porque quizás el animalito en el momento de acercarse a un extraño y tras los silbidos provenientes del amo, deberá correr y regresar con él para ser atado a una correa. Tras tenerlo, el propietario, sonriendo y acudiendo en busca de las víctimaspedirá disculpas por las molestias causadas. De lo contrario, si éste no pidiera dicho perdón, probablemente, fuera denunciado y cuya mala acción le llevaría a asumir una multa acorde a las circunstancias. Es por eso que cuando vienen a la playa en días soleados como el de hoy, aprovechan y se traen al animalito para que corra, juegue y nade libremente en un espacio amplio como este. Eso sí, aunque el día sea soleado, los perros y algunos otros más aventurados son los únicos que se atreven a entrar en el agua congelada, salada y revuelta.


Un mar revuelto que sin querer uno pierde el rumbo entre olas, espuma y brisa. Mientras se oyen chiflar las gaviotas impertinentes y aunque se aglomera un sinfín de ruidos y revuelo se puede ver como, a parte de los perros, algunos otros aventurados se sumergen en el agua con trajes de neopreno para surfear. Los folletos dicen que uno no puede escapar la oportunidad de meterse en el agua y probar hacer surf en la playa Saint Clair. Normalmente las olas grandes y las que se pueden disfrutar llegan de madrugada y eso, aquí, puede ser alrededor de las 8 de la mañana. Este gran cielo que cubre New Zealand asombra por su escasa luz en temporada invernal; sus atardeceres llegan entre las cinco y las seis de, la tarde española pero, la noche neozelandesa. Entonces sobre las siete de la noche, familias, estudiantes y comerciantes se repliegan en sus casas con calefacción o fuego en marcha para cenar. En este momento, el día ya ha caído y Dunedin se vuelve desértica por unas horas más ya que al terminar la cena, llegará el momento de acudir al supermercado para comprar algunas chocolatinas, chips, coca-cola o helados. Y para ello no hace falta irse muy lejos pues en el centro de la ciudad hay dos grandes almacenes abiertos hasta las 12 de la noche. Pero con las noches heladas, muchos se escapan y adquieren los caprichos en apenas cinco minutos pues conducen hasta el lugar. Así que no asombra ver a más de una en pijama, con chaquetas de plumas o zapatillas de ir por casa.

Mientras tanto, y tras ver esto continuamente, empiezo a creer que he perdido las costumbres mediterráneas, las cuales a veces, tanto añoro. Por un lado, es bien cierto que la forma de alimentarme es completamente diferente, por horarios, platos e ingredientes y aunque quisiera tener sobre mesas, hablar y conversar con mis compañeras de piso, muchas veces hay algo que me lo impide pues éstas sólo se limitan a ver la televisión mientras comen, fijadas en un programa o serie televisiva diferente. Entonces, la interacción se perdió desde el minuto cero. Y por otro lado, porque el mar, que se muestra en la foto, es salvaje e infinito. Su olor es penetrante, sus olas más altas y grandes y bueno, su color es de un azul oscuro grisáceo que no me deja distinguir el cielo del agua. Y cuánto más trato de averiguarlo, creo empezar a navegar marea adentro surcando el fin del mundo.


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S. Aparicio Ramírez

martes, 13 de julio de 2010

Una canción y una imagen

Semana muy decisiva; luchando y apostando duro por lo que he venido a hacer aquí.
En esta entrega sólo puedo dejar una canción y una imagen. 


Butterfly bay. 
Otago region. NZ

Relajada...

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S. Aparicio Ramírez

lunes, 5 de julio de 2010

Rarezas encontradas II

Si al término rareza se le atribuye otros significados como que algo es excepcional, singular, extravagante, anormal, original o…es una locura, en Dunedin me basta dedicar otra entrega más para reflejar lo que vengo viendo durante este tiempo.

Primero: ‘excepcional’.
Estos días la ciudad está viviendo un descanso vacacional (y ya llegará el de verano) y encuentro ahora Dunedin más vacía que nunca. Como todo aquel que esté estudiando fuera de su dulce hogar, cuando se juntan varios días de fiestas, se aprovecha y se vuelve a casa como lo hace cada navidad el turrón de Schuchard. Tras este mes de exámenes en la Universidad de Otago, principal sede estudiantil de New Zealand, muchos estudiantes se han dado un respiro para “comer bien, esquiar y descansar”, como me contaba una de mis compañeras de piso. En este sentido, de las siete chicas que vivimos en el apartamento, sólo dos restamos y la casa, que también está vacía y fría, tiene hasta eco.

Segundo: ‘singular’.
Debido al período vacacional varios amigos tienen tiempo libre para conducirme por alrededores y ver decenas de sitios escondidos. El coche, principal trasporte para moverse, me ha dado independencia y ha servido para que, durante estos días, haya ido a lugares paradisíacos, desérticos y salvajes. Con trayectos próximos a los 15 o 30 minutos, me he plantado, por ejemplo, en Sandfly Bay y he visto leones marinos a unos dos metros (no más cerca porque está prohibido y puede ser peligroso). Unos animales de casi tres metros de largo y no sé cuantos kilos de peso, perezosos, peludos, alucinantes. En caminos pedregosos y arenales he llegado a algunas playas kilométricas, silenciosas y a otras tantas con fuerte oleaje repletas de surferos y vegetación salvaje.

Sandfly Bay. Otago Peninsula. NZ
(Leones marinos y una foca a mi vera)

Tercero: ‘extravagante’.
Los hermanos Thomas y Rosie, mis alumnos más pequeños de Spanish, son de Queenstown, una ciudad resort donde esquiar en invierno y hacer deportes de aventura en verano. Allí la gente tiene un nivel de vida más alto, comparado con Dunedin, con sueldos, hogares y coches que llaman mucho la atención. La filosofía de sus padres era bien distinta a la de esa pequeña sociedad y para que sus hijos no lo sufrieran, decidieron mudarse a esta ciudad estudiantil porque “las ideas son outlandish (extravagantes), no queremos gastar en caprichos que no son necesarios y si podemos ¿por qué no cultivar nuestras propias verduras?”.  Así es, más de una casa cuenta con un pequeño cultivo donde crecen patatas, tomates o lechugas. ¡En pleno centro de la ciudad!

Cuarto: ‘anormal’.
Buen término para quienes somos europeos y vemos muchas de nuestras costumbres normales. Sin embargo, una vez se está fuera de ese entorno, esa palabra adquiere otro valor y lo que antes podía ser normal ya no lo es, por lo que lo anormal puede convertirse en normal. Y el caso es que en esta sociedad anglosajona hay algo que ya me es normal: la dirección que se toma cuando se camina por la acera, es la misma que la que se tiene cuando se conduce, por el lado izquierdo. Por lo que más de una vez he ido contra corriente, incluso subiendo o bajando escaleras.
También, el giro del agua en los desagües, es algo que tratar. Toda una gran incógnita desde este hemisferio. Hay gente que, una vez ubicada en el hemisferio sur, no le da importancia, no se percata de la dirección del agua y supone que lo hace del mismo modo que en el hemisferio norte. Otras, mientras, aseguran lo contrario basándose en el efecto Coriolis, el causante de que las grandes masas de gas visible desde el espacio giren en un sentido u otro, dependiendo así del hemisferio. Y mi incertidumbre, tras observar detenidamente el curso del agua y no poder recordar cuál es la dirección que toma en mi ciudad natal, pregunto a algunos expertos y me dicen que “la tendencia del giro del agua no depende del hemisferio en que se encuentre, sino, del sentido del agua en la tubería por donde traga”. Pues ya lo tengo, la conclusión es que aunque esté el agua en un hemisferio o en otro, ésta correrá independientemente del lugar que esté.

Quinto: ‘original’.
Desde 2003 y tras varios acuerdos con el ayuntamiento de Dunedin, cada sábado la ciudad amanece con un mercadillo atiborrado de paradetas de verduras, frutas, quesos, pescado, carnes, café, tartas… Toda una gran selección de productos artesanales y cosechado por granjeros y mercaderes. La oferta es muy variada y cada semana puedes degustar desde crêpe francés hasta pinchos morunos o hamburguesas vegetarianas. Una de las condiciones que debe cumplir el Otago Farmers Market es cuidar del medio ambiente. Y como vi hace unos días no se te ocurra confundirte de cubo de basura cuando tires un plástico porque cómo lo hagas en el de papel, el vendedor más próximo se te acercará, te gritará y te dirá que “eso no está bien hecho”.

Sexto: ‘locura’
Bendita locu…

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S. Aparicio Ramírez

Buenos días mundo

Me comentan que estos días está lloviendo y hace feo en Valencia y que, incluso mejor porque así no entran más ganas, aún si caben, de salir...