viernes, 27 de agosto de 2010

Gravedad en las 4.40

Desde bien pequeña en el colegio me enseñaron lo que significaba la gravedad -Ley de la Gravitación Universal de Newton-. Cada vez que un bolígrafo, estuche, hoja de papel o mochila se caía al suelo, la profesora, muy astuta en cada momento, decía "la gravetat..." (gravedad, en castellano). Nacida en Valencia pero castellano parlante, cuando era pequeña mis padres decidieron apuntarme a un colegio laico, con una educación plenamente en catalán (lengua de donde nacen las variantes dialectales como viene a ser el valenciano, catalán central o balear) y como alternativa para que creciera durante 11 años envuelta en la lengua propia de mi ciudad, lo cual, con el transcurso del tiempo, me he dado cuenta que ha sido enriquecedor. Así que ahora, a parte de hablar valenciano, puedo recordar que la fuerza de que los objetos caigan con aceleración constante en la Tierra y la fuerza que mantiene en movimiento los planetas y las estrellas es la de la misma naturaleza. Pero debido a la rotación de la Tierra, los cuerpos experimentan una fuerza centrífuga que varía según la latitud. 

Entonces, cuando el boli, estuche, hoja de papel o mochila caía desde una latitud X su velocidad dependía de la distancia que recorría pues ésta era más bien corta. Sin embargo, ¿qué ocurre cuándo el cuerpo cae de una latitud de 12000 pies (3.657,6 metros)? Pues que se vuela a una velocidad de 200km/h. Y si esto es verdad, el pasado lunes experimenté unos 45 segundos de caída libre a una velocidad de 200 kilómetros/hora. ¡Vaya pasada! Y ¿puede eso ser verdad? ¡Sí! y tan verdad...

Mientras sigo mi periplo por New Zealand, el pasado lunes 23 de agosto me di un homenaje y visité un pequeño pueblo al sur-oeste de la isla sur llamado Queenstown. Su extremada actividad da pie a la 'capital del mundo de aventuras', como se hace anunciar en agencias de viajes, folletos y anuncios varios como resort tanto de verano como de invierno. De este mismo modo, Queenstown se convierte en una pequeña ciudad dinámica de unos 8.500 habitantes.  Esta región fue descubierta en 1850 por unos ganaderos que pasaban por la zona. Pero no fue hasta pasados 12 años cuando dos esquiadores encontraron oro a orillas del río Shotover y en tan sólo un año, pasó a ser un auténtico pueblo minero. Cuentan que la belleza de esta región impresionó tanto que el Gobierno neozelandés debía poner un digno nombre dónde sólo una Reina podía vivir en ella. De ahí: Queens (reinas) y Town (pueblo): Queenstown.

Como tenía entendido en esta villa podría disfrutar de unas pistas de esquí con vistas realmente alucinantes. Así que me embarqué en la idea de esquiar por unos días en pleno agosto ya que me resultaba exótico y diferente. Sin embargo, cuando uno viaja solo, la aventura es tan imprevisible que aunque se planifique el hospedaje, los días, el transporte y algunos extras, hasta que no se llega al lugar, no se sabe lo que va a pasar. Y efectivamente eso es lo que me ocurrió. El mismo día que llegaba a Queenstown me reunía con unos amigos chilenos que estaban por la zona, quiénes me llevaron a unas piscinas de agua fría, caliente, chorros, corrientes, toboganes y algunas pijadas más. Todo ello por un modélico precio aunque el estar allí era un auténtico lujo con vistas a montañas nevadas y un cielo cubierto. 

Ahora bien, estaba a punto de experimentar mi gravedad sin yo saberlo. Tras pasar una apacible noche, relajada y entusiasmada, a la mañana siguiente me dirigí a la oficina de información, pregunté por actividades extremas y la recepcionista, muy buena en su trabajo, me aconsejó que "sin duda, necesitaba hacer algo realmente crazy pues lo veía en mi cara". Ya os lo he dicho, muy buena comercial, me convenció y una hora más tarde iba rumbo al complejo aéreo para poder volar. O lo que es lo mismo hacer skydive (paracaidismo). Un equipo de instructores realmente profesional, me equiparon, me dijeron que debía hacer en el momento del salto, bebí agua, café y fui al servicio 3 veces. No podría describir la sensación que tuve por 45 segundos, volando a 200kilómetros/hora. La latitud era de 12000 pies y mi caída de extrema velocidad. De una cosa estoy segura y es que el tiempo de vida se me paró y sentí que el movimiento de la tierra se aceleraba pues era yo que descendía a gran rapidez. Un vacío se apoderó de mí y tras pasados escasos segundos ya simplemente quería volar. 

Nunca creí que unos ridículos 45 segundos podían durar tanto ni tampoco que en ese largo intervalo me pudiera invadir la euforia, la locura, la incertidumbre, la alegría, el alucine, el 'acojone' pero al mismo tiempo que no me invadiera nada.

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S. Aparicio Ramírez

miércoles, 4 de agosto de 2010

Azul oscuro grisáceo

Desde un pequeño montículo de arena fina y húmeda, en la playa Saint Kilda se puede oler y respirar el aire más puro de Dunedin. Se trata de una playa larga, muy larga, donde en un punto, no sé cuál exactamente, llegas a la playa Saint Clair. En ella encuentras un paseo y una decena de cafeterías, padres con los niños jugando en los columpios y gentes paseando su animal doméstico. Y bien domesticados han de estar estos perros porque quien tiene uno debe educarlo para que, en cada momento que sea llamado al orden, obedezca todas sus instrucciones. Porque quizás el animalito en el momento de acercarse a un extraño y tras los silbidos provenientes del amo, deberá correr y regresar con él para ser atado a una correa. Tras tenerlo, el propietario, sonriendo y acudiendo en busca de las víctimaspedirá disculpas por las molestias causadas. De lo contrario, si éste no pidiera dicho perdón, probablemente, fuera denunciado y cuya mala acción le llevaría a asumir una multa acorde a las circunstancias. Es por eso que cuando vienen a la playa en días soleados como el de hoy, aprovechan y se traen al animalito para que corra, juegue y nade libremente en un espacio amplio como este. Eso sí, aunque el día sea soleado, los perros y algunos otros más aventurados son los únicos que se atreven a entrar en el agua congelada, salada y revuelta.


Un mar revuelto que sin querer uno pierde el rumbo entre olas, espuma y brisa. Mientras se oyen chiflar las gaviotas impertinentes y aunque se aglomera un sinfín de ruidos y revuelo se puede ver como, a parte de los perros, algunos otros aventurados se sumergen en el agua con trajes de neopreno para surfear. Los folletos dicen que uno no puede escapar la oportunidad de meterse en el agua y probar hacer surf en la playa Saint Clair. Normalmente las olas grandes y las que se pueden disfrutar llegan de madrugada y eso, aquí, puede ser alrededor de las 8 de la mañana. Este gran cielo que cubre New Zealand asombra por su escasa luz en temporada invernal; sus atardeceres llegan entre las cinco y las seis de, la tarde española pero, la noche neozelandesa. Entonces sobre las siete de la noche, familias, estudiantes y comerciantes se repliegan en sus casas con calefacción o fuego en marcha para cenar. En este momento, el día ya ha caído y Dunedin se vuelve desértica por unas horas más ya que al terminar la cena, llegará el momento de acudir al supermercado para comprar algunas chocolatinas, chips, coca-cola o helados. Y para ello no hace falta irse muy lejos pues en el centro de la ciudad hay dos grandes almacenes abiertos hasta las 12 de la noche. Pero con las noches heladas, muchos se escapan y adquieren los caprichos en apenas cinco minutos pues conducen hasta el lugar. Así que no asombra ver a más de una en pijama, con chaquetas de plumas o zapatillas de ir por casa.

Mientras tanto, y tras ver esto continuamente, empiezo a creer que he perdido las costumbres mediterráneas, las cuales a veces, tanto añoro. Por un lado, es bien cierto que la forma de alimentarme es completamente diferente, por horarios, platos e ingredientes y aunque quisiera tener sobre mesas, hablar y conversar con mis compañeras de piso, muchas veces hay algo que me lo impide pues éstas sólo se limitan a ver la televisión mientras comen, fijadas en un programa o serie televisiva diferente. Entonces, la interacción se perdió desde el minuto cero. Y por otro lado, porque el mar, que se muestra en la foto, es salvaje e infinito. Su olor es penetrante, sus olas más altas y grandes y bueno, su color es de un azul oscuro grisáceo que no me deja distinguir el cielo del agua. Y cuánto más trato de averiguarlo, creo empezar a navegar marea adentro surcando el fin del mundo.


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S. Aparicio Ramírez

martes, 13 de julio de 2010

Una canción y una imagen

Semana muy decisiva; luchando y apostando duro por lo que he venido a hacer aquí.
En esta entrega sólo puedo dejar una canción y una imagen. 


Butterfly bay. 
Otago region. NZ

Relajada...

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S. Aparicio Ramírez

lunes, 5 de julio de 2010

Rarezas encontradas II

Si al término rareza se le atribuye otros significados como que algo es excepcional, singular, extravagante, anormal, original o…es una locura, en Dunedin me basta dedicar otra entrega más para reflejar lo que vengo viendo durante este tiempo.

Primero: ‘excepcional’.
Estos días la ciudad está viviendo un descanso vacacional (y ya llegará el de verano) y encuentro ahora Dunedin más vacía que nunca. Como todo aquel que esté estudiando fuera de su dulce hogar, cuando se juntan varios días de fiestas, se aprovecha y se vuelve a casa como lo hace cada navidad el turrón de Schuchard. Tras este mes de exámenes en la Universidad de Otago, principal sede estudiantil de New Zealand, muchos estudiantes se han dado un respiro para “comer bien, esquiar y descansar”, como me contaba una de mis compañeras de piso. En este sentido, de las siete chicas que vivimos en el apartamento, sólo dos restamos y la casa, que también está vacía y fría, tiene hasta eco.

Segundo: ‘singular’.
Debido al período vacacional varios amigos tienen tiempo libre para conducirme por alrededores y ver decenas de sitios escondidos. El coche, principal trasporte para moverse, me ha dado independencia y ha servido para que, durante estos días, haya ido a lugares paradisíacos, desérticos y salvajes. Con trayectos próximos a los 15 o 30 minutos, me he plantado, por ejemplo, en Sandfly Bay y he visto leones marinos a unos dos metros (no más cerca porque está prohibido y puede ser peligroso). Unos animales de casi tres metros de largo y no sé cuantos kilos de peso, perezosos, peludos, alucinantes. En caminos pedregosos y arenales he llegado a algunas playas kilométricas, silenciosas y a otras tantas con fuerte oleaje repletas de surferos y vegetación salvaje.

Sandfly Bay. Otago Peninsula. NZ
(Leones marinos y una foca a mi vera)

Tercero: ‘extravagante’.
Los hermanos Thomas y Rosie, mis alumnos más pequeños de Spanish, son de Queenstown, una ciudad resort donde esquiar en invierno y hacer deportes de aventura en verano. Allí la gente tiene un nivel de vida más alto, comparado con Dunedin, con sueldos, hogares y coches que llaman mucho la atención. La filosofía de sus padres era bien distinta a la de esa pequeña sociedad y para que sus hijos no lo sufrieran, decidieron mudarse a esta ciudad estudiantil porque “las ideas son outlandish (extravagantes), no queremos gastar en caprichos que no son necesarios y si podemos ¿por qué no cultivar nuestras propias verduras?”.  Así es, más de una casa cuenta con un pequeño cultivo donde crecen patatas, tomates o lechugas. ¡En pleno centro de la ciudad!

Cuarto: ‘anormal’.
Buen término para quienes somos europeos y vemos muchas de nuestras costumbres normales. Sin embargo, una vez se está fuera de ese entorno, esa palabra adquiere otro valor y lo que antes podía ser normal ya no lo es, por lo que lo anormal puede convertirse en normal. Y el caso es que en esta sociedad anglosajona hay algo que ya me es normal: la dirección que se toma cuando se camina por la acera, es la misma que la que se tiene cuando se conduce, por el lado izquierdo. Por lo que más de una vez he ido contra corriente, incluso subiendo o bajando escaleras.
También, el giro del agua en los desagües, es algo que tratar. Toda una gran incógnita desde este hemisferio. Hay gente que, una vez ubicada en el hemisferio sur, no le da importancia, no se percata de la dirección del agua y supone que lo hace del mismo modo que en el hemisferio norte. Otras, mientras, aseguran lo contrario basándose en el efecto Coriolis, el causante de que las grandes masas de gas visible desde el espacio giren en un sentido u otro, dependiendo así del hemisferio. Y mi incertidumbre, tras observar detenidamente el curso del agua y no poder recordar cuál es la dirección que toma en mi ciudad natal, pregunto a algunos expertos y me dicen que “la tendencia del giro del agua no depende del hemisferio en que se encuentre, sino, del sentido del agua en la tubería por donde traga”. Pues ya lo tengo, la conclusión es que aunque esté el agua en un hemisferio o en otro, ésta correrá independientemente del lugar que esté.

Quinto: ‘original’.
Desde 2003 y tras varios acuerdos con el ayuntamiento de Dunedin, cada sábado la ciudad amanece con un mercadillo atiborrado de paradetas de verduras, frutas, quesos, pescado, carnes, café, tartas… Toda una gran selección de productos artesanales y cosechado por granjeros y mercaderes. La oferta es muy variada y cada semana puedes degustar desde crêpe francés hasta pinchos morunos o hamburguesas vegetarianas. Una de las condiciones que debe cumplir el Otago Farmers Market es cuidar del medio ambiente. Y como vi hace unos días no se te ocurra confundirte de cubo de basura cuando tires un plástico porque cómo lo hagas en el de papel, el vendedor más próximo se te acercará, te gritará y te dirá que “eso no está bien hecho”.

Sexto: ‘locura’
Bendita locu…

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S. Aparicio Ramírez

domingo, 27 de junio de 2010

El arte del mundial

Hace cuatro años por estas fechas recuerdo que estaba en Valencia, mi ciudad natal. Si bien no había terminado ya los exámenes, estaría apunto de hacerlo. Al tratarse de este mes, debería de hacer un calor inhumando, húmedo, típico de esta ciudad. También, finalizado así el tercer curso de Periodismo, creo que tendría en la cabeza, entre muchas otras ilusiones, lo que iba a ser mi siguiente año académico. Posteriormente, debía empezar con todo el papeleo que necesitase para el último de la carrera ya que sería algo diferente. Se sumaba así, mi ansiada espera porque llegara la hora de optar al programa Erasmus. Después de varias consultas con tutores y de mi insistencia, me blindaban la opción de hacer un intercambio a nivel académico en la Ghent University, en la misma ciudad de Ghent, próxima a la capital europea. Para ello, sólo debía de dejar pasar un año más, esforzarme en conseguir todo lo necesario y aguardar. La decisión de seguir estudiando allí fue culpa de una flechazo. Años atrás disfruté del llamado Inter-rail, un viaje en tren con billete abierto aunque con fecha de caducidad a los 15 días. Asimismo, me permitió visitar tantas ciudades europeas (entre Francia y el Benelux) y descubrir otras tantas pequeñas y encantadoras, como ésta, en el céntrico país belga. No muy grande en cuanto a periferia y de unos 250.000 habitantes, Ghent es estudiantil, medieval y con un festival veraniego muy interesante y divertido.

Ese junio, además, estaría pensando en aprovechar el verano e irme a Sicilia. Porque durante los meses anteriores, el programa Erasmus que iba a vivir yo en un futuro, lo estaban haciendo, en ese momento, otros estudiantes italianos atraídos por Valencia, sus gentes y sus aguas. La suerte de cruzarnos en la calle y mantener una amena conversación ayudó a que meses más tarde, ese mismo junio, estuviéramos viendo juntos un partido de fútbol. Pero no uno cualquiera, o probablemente sí para quienes no les guste este tipo de deporte. Algunos ya se imaginarán de lo que estoy hablando y recordarán aquella final de la Copa del Mundo -Italia-Francia- celebrada en Berlín, Alemania. Un inquietante partido hasta el último segundo. En aquel momento, entre españoles e italianos fue el fútbol lo que nos unió y nos estaba sirviendo, de manera desinhibida, a mostrar sensaciones, alegrías y penas, y a compartirlas, con quienes a día de hoy, siguen siendo amigos míos. Tras aquello, no sabía muy bien aún cómo funciona eso de que un partido de fútbol llega a ser el punto de unión de muchas culturas, nacionalidades, diferencias lingüísticas, ciudades e incluso, pueblos. Pero allí, en Valencia, lo fue. Los muchos italianos estudiando en Valencia abordaron las calles (y no me cabe duda que harían lo propio en su país) y la 'Seven Nation Army' de The White Stripes acabó convirtiéndose en la melodía de la velada y en símbolo de la victoria.

Ahora, cuatro años más tarde, ya no es que me encuentre en la capital del Turia sino, aún más lejos, pues estoy a casi veinte mil kilómetros de distancia, y la sensación que por entonces experimenté, vuelve a conquistarme. ¿Por qué? Porque he podido pasar una noche entera esperando a ver un partido "importantísimo" -un Portugal-Brasil, dos países unidos por un mismo idioma- y luego, mantenerme despierta hasta que empezara a amanecer para ver el segundo de la jornada aún más "importantísimo" -Chile-España, otros dos países casados por la lengua-. Una noche que deja muchas anécdotas para el recuerdo, desde una película de Maradona (dirigida por el yugoslavo Kusturica, que aprovecho y recomiendo) hasta acompañando dicho largometraje con un fresco Calimotxo -mezcla de vino con coca cola propio del norte de España- y una pizza americana. En un futuro, y como ya dijo Paul Géraldy, "llegará un día que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza".

Chileno y argentino en el partido Portugal-Brasil.
The Terrace. Dunedin. NZ

Mientras tanto, en Dunedin, cuando ya había visto el primer partido "importantísimo" y a las puertas de ver el sol y el siguiente enfrentamiento futbolístico, me percaté que la afición se comportaba de manera diferente y que las ganas estaban a otro nivel (siempre comparándolo con aquel partido del 2006). Y aunque en el bar había un sinfín de latinos, esta fase del mundial disputada no agitaba tanta fiesta. Quizás sea por eso, que ahora, me vuelve a la cabeza la idéntica pregunta que me hice aquel año: ¿cómo es posible que el fútbol pueda unir masas de todo el mundo? Y aquí que encuentro la respuesta, creo, adecuada, de parte de un chileno, "porque este torneo sólo se celebra cada cuatro años" (y punto). 

Pues sí, tan sincero y con tres horas de sueño (tras despertarse adrede para ver estos dos partidos), este chico me ofreció la mejor de las respuesta; y yo, ya no debería preguntármelo más. Ahora, reflexionando con todo un poco, además, de haber visto el mejor documental de Diego Armando Maradona, he llegado a entender parte del fútbol y de toques de balón. A posteriori ya sé que están las pequeñas bromas, discusiones y que algunos se divierten mientras se habla de una u otra jugada. Tal cual, en New Zealand, este mundial sirve para reafirmar que el fútbol no tiene fronteras. Además de que este deporte permite interatuar, divertirse, fusionarse, evadirse, dejarse llevar. Allá dónde un seguidor de su equipo asista a la retransmisión de un partido del mundial fuera de su país natal le invadirá la alegría. Por un lado, por haber nacido en el mismo sitio que los jugadores en el césped, este año sudafricano, y por otro, por estar celebrando, dicho pasaporte, en un país diferente y remoto por lo que le salpica algo de emoción y locura. El arte del mundial es así. 

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S. Aparicio Ramírez

sábado, 19 de junio de 2010

Y rugby porque me toca

¡Señoras y señores! ¡Niños y niñas! ¡Jóvenes...! ¡Ha llegado la hora…! Dunedin abre sus puertas a un centenar de aficionados. Los hoteles, hostales, back packers y B&B cuelgan el cartel de No Vacancies (completo); ondean las banderas, ya hay eventos varios preprarados para el momento y hostelería lista para la pre y post fiesta. El Carisbrook, con capacidad para 28.000 personas, alberga el mayor y último acontecimiento de la temporada; queda todo a punto para recibir…a los ¡All Black! feroces y vibrantes, contra Wales (Gales), los galaicos del Seis Naciones.

El conjunto de los gritos,  la fuerza, los golpes, la haka, la música, los aplausos y la afición, empiezan a crear una pequeña historia en mi cabeza antes del evento. Sin embargo, lo que para los grandes aficionados al rugby, el partido podría carecer de interés, para algunos otros más ignorantes en cuanto a reglas (esa va por mí) aguardar para ver este partido es inexplicable. Este partido de los All Blacks será mi primer y último al que asistir en este estadio. Es por eso que la ciudad cuenta con una doble celebración porque el Carisbook acogerá el último rugby de los kiwis, tras años de acontecimientos, ya que en la otra parte de la ciudad se está construyendo el nuevo y moderno pabellón para el Mundial de Rugby 2011, Forsyth Barr Stadium. De hecho, el pasado viernes, el entrenador de Wales se sintió un "privilegiado el estar aquí".

Por lo tanto, todo a punto para el sábado 19 de junio de 2010. Un día muy soleado, que podría confundirse por cualquier tiempo primaveral, una temperatura que oscila los quince grados y un viento fresco que golpea en mi cara mientras, son las 10.00 horas y me dirijo al departamento de lenguas de la University of Otago. Por delante me esperan seis horas de examen, práctico-teórico de inglés, para alcanzar la nota necesaria para el ingreso en el curso de Postgrado en Marketing. Mejor no pensarlo, creo que seis horas de examen no son para tanto cuando, al terminarlo, estaré festejando la primera haka -y partido de rugby neozelandés- en directo.

Así, horas más tarde salgo del examen con un pronóstico favorable (reconozco el estar algo relajada por los días que llevo aquí, la práctica y mi mejora del inglés –oh yeah-, más mi optimismo, me han servido de mucho). Así que un examen relevante finiquitado. Y ya de vuelta a casa, comienzo a contar los minutos para entrar, por primera, y recordar, última vez, al Carisbrook Stadium. Antes prefiero darme una ducha, luego ir a comer algo a casa de otras españolas y al dejar el piso, me invaden los nervios, en el estómago tengo un agujero y se me aceleran las ganas, muchas ganas de ver esto:



Pues ahí que me encuentro. Voy acompañada de otras chicas. Con la cantidad de gente que hay en las inmediaciones, por supuesto, que tenemos que hacer cola, y entretanto me quedo flipada viendo pasar la cantidad de aficionados llegados de toda New Zealand con dibujos en las caras, camisetas, bufandas y señas de los All Blacks. Pero ¿dónde está la mía? Bien, para meterme de lleno en el ambiente, me animo a pintarme una hoja de helecho, el mayor referente de los All Blacks, para así, entre la multitud de fanáticos, sentirme una más. Aunque veo algunas por ahí pintadas de una manera muy profesional.

Tras varios minutos de espera, no muchos, localizamos los sitios en la grada, nos acomodamos y entre pitos, aplausos y música, mucha música, salen los jugadores. Primero, Wales, más tarde, All Blacks, quienes, a mi juicio, se llevan la mayor ovación jamás vivida (disculpar aficionados del fútbol pero seguro que en esto me lleváis ventaja). Y tras pisar el césped, recibir elogios y canturreas, al final, escucho y veo la Haka con especial atención... -lo que viene a ser una de sus partes en castellano-:

¡Muero! ¡Muero! ¡Vivo! ¡Vivo!
¡Muero! ¡Muero! ¡Vivo! ¡Vivo!
Este es el hombre peludo (en la cultura maorí: hombre valiente)
Que trajo el sol y lo hizo brillar de nuevo
Un paso, otro paso
Un paso, otro paso
¡El Sol brilla!

El resto ya os lo podéis imaginar y sino, recreaos vosotros mismo para tener vuestra propia y excitante experiencia. Eso sí, el resultado fue un demoledor 42-9...

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S. Aparicio Ramírez

domingo, 13 de junio de 2010

Natural 100 por 100

Ahora sí, que sí, los días han pasado volando y ya hace dos meses, ¡dos meses!, que estoy en Kiwiland. Me sorprendo tanto porque ni yo me lo creo. Y ¿qué pueden ser 70 días aquí? Sin ir más lejos, justo se trata del mismo tiempo que voy dedicándole a este blog, y ya son muchas las anécdotas y reflexiones servidas. Pero seamos un poco más especiales, y aparte de celebrar estos días transmitiendo lo que puedo, debo mencionar (y más que me quedará por hacer, claro) una de las características más ricas del país. Como por ejemplo, 70 días en New Zealand pueden ser muy purificantes. ¿Estaré respirando el mismo aire que en el resto del mundo? ¿Estaré hidratándome de un agua natural? Si tenemos en cuenta que el país más cercano es Australia, a unos 2.000 kilómetros al sur-este, cruzando el mar de Tasmania, y otros vecinos más próximos desde la isla norte son Fiji, Tonga y New Caledonian, ¿cuál debería de ser la respuesta más acertada? De momento, sólo viendo la situación geográfica, este país está aislado del resto del mundo y creo que eso es un punto clave e indispensable.

New Zealand, divido en dos grandes islas, la del sur, contiene una de las más grandes zonas de bosque mixto autóctono, lo que se puede interpretar entre líneas: prohibido exportar piedras, flora o fauna. Si te pillan a la salida del país, estás perdido, hasta puedes ir a la cárcel. No obstante, otra cosa bien distinta es lo que se viene haciendo desde principio de siglo, introduciendo una gran cantidad de especies florales exóticas, sobre todo coníferos, procedentes de Norte América, y utilizando el Pino de Montrrey, usado en otros países como Chile o España, para su conservación. De hecho, en cuanto me surja la oportunidad iré al bosque a escuchar el silencio que transmite el kauri, un árbol que impresiona por su majestuosidad. 

No sólo de grandes parques naturales se caracteriza la isla sur, también hay que tener en cuenta la cantidad de aves, como las gaviotas que habitan en las ciudades y son muy ruidosas a la hora del atardecer, o, el kiwi, un ave ciego que no puede volar, ya tanto por su ceguera como por su incapacidad de levantar el vuelo sin alas que le ayuden a hacerlo; y muchas otras autóctonas que han desaparecido debido al exterminio masivo que han sufrido directamente a manos del ser humano o indirectamente, por la introducción en el terreno de especies alóctonas, entre ellas, y aunque resulte gracioso, las ovejas.

Así que dentro de toda la naturaleza y vida animal, los tres tópicos de New Zealand por excelencia son dichas ovejas -actualmente unos 50 millones-, el kiwi -endémico ave e icono nacional- y el hoki. ¿Hoki? Entre la amplia variedad de productos marinos, el hoki, es un pequeño pez típico de aquí. Además, es el pescado más consumido y exportado del país. El miércoles lo cociné y comí y podría decir que su sabor es similar al lenguado mediterráneo y/o a la merluza, aunque a ésta con una textura más suave. Dicho esto, ya he descubierto algunas de las reservas escondidas en New Zealand, una superficie que comprende unos 270.000 kilómetros con 15.134km de costa. Lo que significa que no hay más de 120km desde cualquier punto de la isla al mar.

Todo lo original de este país reducido a lo natural y acompañado de la segunda lengua oficial del país, el Maori, que para juzgar vosotros mismo, si se traduce New Zealand a esta lengua indígena este nombre significa: Aotearoa, comúnmente traducido al inglés como The land of the long white cloud (La tierra de la larga nube blanca). Y es verdad, hoy vi pasar una de esas largas nubes blancas como Aotearoa significa. Pues más me vale ser precavida y tras mis primeros 70 días, sí, purificantes, creeré que, finalmente, el aire que respiro es mucho más limpio y natural y el agua que bebo, directamente del grifo, podría ser más pura aunque no más buena que la que solía tomar embotellada.

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S. Aparicio Ramírez

Buenos días mundo

Me comentan que estos días está lloviendo y hace feo en Valencia y que, incluso mejor porque así no entran más ganas, aún si caben, de salir...