domingo, 17 de abril de 2011

Feastock

Feastock. ¿Cómo hacer un festival en casa y para los de casa?
Este es el nombre de un festival de música creado por un grupo de chavales, músicos e... inquilinos en una misma casa. De ahí que tenga algo de diferente este evento, ya consagrado, por tercer año consecutivo en la ciudad de Dunedin. Los cinco viven en el número 3 de Fea Street, Dalmore, Pine Hill. Una casa con seis habitaciones, un baño completo, una cocina –alargada- con un gran ventanal que tiene vistas a una enorme terraza con jardín y gradas (construidas por ellos). Y es, en este mismo lugar, donde el pasado sábado 16 de abril, se escondía uno de lo más populares eventos musicales del año: Feastock 2011

La idea surgió hace tres años cuando Steve, Peter, Logan, Callum y Kathy pensaron en juntar a unos cuantos amigos, un mismo día, para disfrutar de la música. Así su primera edición nació en 2009 cuando apenas contaban con recursos económicos y tenían muy poca experiencia en la organización de grandes eventos (éste con aforo para 300 personas) aunque, eso sí, sobraban las ganas de hacerlo bien. Asimismo, se pusieron manos a la obra; contactaron amigos, diseñadores gráficos, fotógrafos, cámaras, iluminadores, técnicos de sonido, gerentes de locales, seguridades... Con el empeño de hacer algo diferente y familiar el festival diurno empezaba a tener forma. Muchas de las amistades del mundo artístico ayudaron en todo lo posible con una dosis añadida de mucha ilusión. El cartel del Feastock 2009 se llenaba poco a poco con un insólito número de 9 grupos de música para nueve horas de festival. En su conjunto, el escenario, las luces, los inodoros portátiles y las zonas habitadas por si llovía, a principios de otoño, dejaron impresionado a más de un asistente que se iba con el deseo de volver a repetir próximamente. 

Feastock 2011
Alizarin Lizard. Dunedin. NZ

Y así lo hicieron, pasado el año, el Feastock mejoró en técnica de sonido y afinó su horario para que, esta vez, 10 bandas tocaran desde las 12 del mediodía hasta las 9 de la noche. Se hicieron muchos más preparativos, se corrigieron errores, algunas de las  bandas que participaron el año anterior repetían una vez más y, otras tantas, se unían al cartel de esta nueva edición. Los vecinos y la comunidad fueron avisados del evento y con esto, los organizadores previeron problemas con la policía. La entrada al recinto con bebidas en botellas de cristal quedaba totalmente prohibida y solo se permitían botellas de plástico o latas,  por lo que, así, evitaban daños entre los espectadores... como, por ejemplo, este niño que jugaba y bailaba entre el fango en la edición del 2011. 

Feastock 2011.
Dunedin. NZ

Tras mucha expectación, mucha más publicidad, un documental y un cartel con mucho mayor peso popular llegaba el Feastock 2011. Y aquí estaba yo. Aún con la resaca de la música en vivo, el rock&roll, con la sensación de que este grupo de chavales tienen muchas ganas de disfrutar de Su música... y de que, al fin y al cabo, eso es lo más importante cuando se hace bien. Me llevo una de las mejores experiencias vividas hasta ahora en Dunedin. El buen rollo, la tranquilidad de no tropezarse con la violencia y que, en Nueva Zelanda, encuentras cada fin de semana, la música en directo; quedarme fascinada viendo a uno de los mejores baterías del país y quien es mi compañero de piso en: Operation Rolling Thunder. O simplemente ver Idiot Prayer, Thundercub, Alizarin Lizard, Left or RightMountaineater...
Dunedin, ciudad de artistas y para artistas. 

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S. Aparicio Ramírez

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cultural shock

Empiezo el año con una visita relámpago a Valencia, ciudad donde nací. Aprovechando un billete de ida y vuelta, tengo la suerte de disfrutar de unos días con mi familia y amigos. Es por eso, que quizás sea la falta de costumbres valencianas la que me lleva hablar de lo que un día me contó una profesora de la Universidad Otago: el cultural shock (choque cultural). Es decir, las sensaciones que se tienen cuando se llega nuevo a un destino. En mi caso, no es que sea nueva, es que han pasado diez meses hasta que he vuelto a mi país y donde he tenido buenas y malas impresiones, las cuales, no serían las mismas si no hubiera estado fuera de mi ciudad todo este tiempo. Así que sin más, podré hablar del primer fin de semana que tuve cuando llegué a España. Fue algo movido por un jet lag que no se me pasó hasta una semana después, una fiesta descomunal, una salida de compras por el centro de Madrid y algunas otras más historias que me pasaron y que al final de cuentas me dejaron muerta matá. 

Con ello, me llevo mi primera impresión en Madrid, ciudad con más habitantes que en todo su conjunto Nueva Zelanda. Allí aterrizo en un avión de Iberia -aerolínea española-, repleto de ejecutivos bien trajeados, con maletines, corbatas, abrigos...toda una gente elegante. Por entonces llevaba 30 horas de vuelo. Sin querer, escucho las conversaciones de los pasajeros tres filas más atrás mientras un miembro de la tripulación reniega porque los de bussiness class llevan demasiado equipaje de mano; señores, estamos en España. No hay restricciones (y si las hay se las saltan) pero sí, enfados porque el viajero de primera se ha pasado del límite.

Tras esto, una vez ya en tierra con mi querido hermano y hermosas primas, tomando una copa balón en un bar de barrio, me llevo un susto impresionante, pues mientras hablábamos largo y tendido y llegadas las 2 de la madrugada, un tipo bajito de aspecto corriente entra en el local y se dirige a los servicios -hasta aquí todo normal-. Como en cualquier bar español la entrada para utilizar los servicios no queda restringida, por norma general, a ninguna persona (pero creo que empiezan a haberlas). De pronto, este chico de aspecto corriente sale por la misma puerta por la que entró pero en su camino, haciendo una parada fugaz en la caja registradora, se detiene, mete mano y se lleva todo el dinero acumulado de la jornada. Claro, sale corriente dejando algo de confusión y mucho revuelo. Los más enterados salen corriendo tras el ladrón mientras algunos otros llaman a la policía. Las camareras, bastantes desconcertadas y sin saber muy bien qué hacer, deciden al fin, cerrar el local y mandarnos a todos afuera. Asimismo me llevo una emocionante primera noche madrileña.
Sabía que las cosas estaba mal por el país pero ¿esto? Chavales que se dedican a hacer la ronda por bares, a esas horas de la madrugada, cuándo muchos sitios ya están cerrando y tienen en caja el dinero acumulado tras un día de duro trabajo, y digo duro, porque al parecer la hostelería no está pasando unos de los mejores momentos. En Madrid hay bares y cafeterías en cada esquina y esto es una manera fácil de atracar sin utilizar armas ni violencia, solo se necesita un poco de picardía, ingenio y valor, además de necesidad. 

Albufera (comarca l'Horta Sud).
Valencia. Spain.


Y después de estar en Madrid, de tropezarme con quien andaba en contra mío, porque me había acostumbrado a hacerlo por el lado derecho; de intentar pagar 3 euros con la tarjeta de crédito cuando en realidad se necesita un mínimo importe para hacerlo; de devolver la bolsa de plástico en una tienda para que sea utilizada por el siguiente cliente, quien, tal vez, la necesite más que llego. Entonces llega el momento de conducir dirección Valencia y nada más llegar a la Avenida del Cid, llevarme la ligera impresión de que la ciudad es más cosmopolita. Ya sea porque hay más estudiantes o más viajeros o más turistas o gentes construyendo nuevas vidas. La ciudad dispone, por fin, de un servicio 24 horas de alquiler de bicicletas repartido en distintos puntos. Un sistema bastante práctico con recogida y devolución en un intervalo de 30 minutos por trayecto y a un precio muy accesible. Hace diez años éramos unos pocos los que nos movíamos en bicicleta, por entonces, siguiendo costumbres europeas. Ahora la ciudad tiene bicicletas para el residente, para el turista, para el estudiante y para el erasmus. Pues otra sorpresa más que me llevo de esta visita más que satisfactoria encontrándome con mi familia, con algunos amigos que estaban por alrededores y con otros que, aunque quisiera haber visto, están formándose y viajando por ahí.
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S. Aparicio Ramírez

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Solo podría pasar en NZ

Purakanui Bay. Southern Island. 
New Zealand.


Ahí va una lista de las 40 (cuarenta) sensaciones, vivencias y demás experiencias vividas en New Zealand y que, por supuesto, solo pueden pasar una vez estando en este país. Como por ejemplo...

1) Que una foca cruce una de las avenidas más transitadas de Dunedin y que el Departamento de Conservación reciba decenas de llamadas para socorrer al mamífero.
2) Que las gaviotas tengan las patas rojas, negras, sean cojas o tengan los ojos negros porque aquí hay miles y cada una es de una manera -brrrgggh-.
3) Que amanezcas en una playa y en tu paseo descubras decenas de leones marinos aún sin despertar.
4) Que te encuentres servicios públicos limpios y gratuitos.
5) Que conduzcas durante 40 kilómetros sin cruzarte con ningún otro vehículo.
6) Que te comuniques con los amigos por mensaje porque lo de llamar 'suena' raro.
7) Que te moleste encontrarte la puerta de la calle cerrada con llave, pero entonces, aun sabiendo que viviendo dos en el piso ésta estará cerrada, intentas girar la manivela, gruñes, abres la puerta de al lado, buscas en una pequeña repisa y tras palpar, agarras la llave que con alivio utilizas girando la cerradura para al fin, estar ya dentro.
8) Que te encuentres unos tacones perdidos en medio de una céntrica calle.
9) Que la policía sea extremadamente tranquila.
10) Que te encuentres dos de las finalistas (de hecho son gemelas) de un reality show en una fiesta la noche de Halloween. 
11) Que los amigos de tus amigas te paguen un taxi a tan sólo 10 minutos andando de casa.
12) Que los kiwis jamás te digan las cosas a la cara y le den rodeos para decirte algo que puede que decirlo sea vergonzoso -porque aquí todo es vergonzoso y da vergüenza-.
13) Que cruces las calles casi sin mirar.
14) Que descubras tantas bandas de música de gente popular como no lo habías hecho hasta ahora.
15) Que cada sábado estas bandas toquen en los bares y pubs ambientando el local.
16) Que vayas un martes o domingo o miércoles a las 20.00 al bar posiblemente más pequeño del mundo.
17) Que en Dunedin esté lo 'mejor del mundo'.
18) Que el gobierno invierta millones de dólares anuales para reparar daños catastróficos como son los terremotos.
19) Que recibas un mensaje al móvil desde la compañía telefónica para donar dinero a las familias damnificadas por dicho terremoto. Y que recibas otro mensaje para donar dinero a los familiares de los mineros fallecidos en la mina de Piker River.
20) Que los supermercados estén abiertos hasta media noche y las tiendas hasta las 5 de la tarde -o noche, depende de quien estén leyendo-.
21) Que te pidan el carnet cada vez que quieres comprar alcohol y no te dejen hacerlo porque no llevas el pasaporte contigo -y tampoco vale que digas que tienes 25 años-.
22) Que las noticias en la prensa local sean muy pero que muy divertidas.
23) Que vivas con otras seis chicas y no llegues a conocerlas pasados siete meses.
24) Que quizás conozcas a un chico de Letonia (¿Letonia?) y te hable un poco de Rusia cuyo continente está lejos muy lejos del entorno acostumbrado.
25) Que trabajes dando clases de Spanish.
26) Que veas camiones a diario transportando ovejas.
27) Que veas a jóvenes descalzos andando por la calle siendo invierno, verano, primavera u otoño.
28) Que en el supermercado te encuentres a las chicas con el pijama puesto aún conjuntándolo con un plumífero auténtico michelín.
29) Que te encuentres a maori, tonga, samoa, fiyi...
30) Que el viento llegado del sur sea un frío polar.
31) Que te confundan por brasileña, francesa, canadiense, escocesa, italiana o griega pero no española.
32) Que los cajeros automáticos únicamente estén en las calles más transitadas del pueblo.
33) Que la fiesta de graduación sea algo más entre amigos y familiares y no entre compañeros de curso.
34) Que con 22 años hayas terminado la carrera y encuentres trabajo en seguida.
35) Que en cada pequeño y casi deshabitado pueblo haya, por lo general, una piscina y una biblioteca.
36) Que un buen amigo te evite recibir un abrazo.
37) Que las despedidas no sean (tan) emotivas.
38) Que, a veces, los kiwis se sientan aussies.
39) Que dispongas del carnet de conducir con tan solo 15 años.
40) Que te digan 'Buenas noches' a las cinco de la tarde. 
...y podría seguir pero me quedo con estas cuarenta que me llaman la atención y me dan que pensar como espero que ocurra lo mismo con vosotros.

Aun así, me despido con la cuarenta y uno, donde quisiera nombrar (y con ello recordar) a toda la gente que se ha cruzado en mi camino durante estos ochos meses en New Zealand; también a la gente que desde alguna otra parte del mundo se sigue acordando de mí; y a mi familia por brindarme la oportunidad de hacer un viaje de ida y vuelta para, entonces, seguir aprendiendo. 
La cuarenta y dos: ¡gracias!

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S. Aparicio Ramírez

domingo, 21 de noviembre de 2010

Fábrica de chocolate

Son las ocho de tarde y a través de sus grandes ventanales se pueden ver las cajas de mercancía que circulan sin parar. Dos grandes chimeneas custodian esta gran fábrica situada entre dos céntricas calles de Dunedin y de ellas sale un humo bastante espeso que se expande poco a poco. Pero dependiendo de la intensidad del viento, éste desaparece de entre las colinas cercanas que delimitan la ciudad. Esa es la fábrica de chocolate y su característico olor que envuelve este pequeño pueblo neozelandés a estas horas de la noche.

Podría decir que veo esto y huelo este olor, amargo y penetrante, cada día volviendo a casa. Esta fábrica se encuentra justo detrás del piso donde vivo. Pero además de este olor y estos ventanales formados de pequeños cristales, también me llama la atención, cada vez que camino cerca, unos grandes focos situados a lo alto de  dichas chimeneas que iluminan casi todo el recinto. Dunedin no se caracteriza por tener calles iluminadas, con farolas extravagantes y sicodélicas como he ido viendo, a medida que crecía, en la ciudad donde nací. Aquí, las farolas iluminan cada X metros, una distancia justa y necesaria para ver lo que pisas, además, sus formas y diseños son simples. Sin embargo, en esta fábrica de chocolate, la ayuda de estos focos de una gran intensidad facilitan la visualización del holograma de la marca Cadbury, una multinacional inglesa que fabrica chocolates de todos los tipos y que después de haberlos probado, he de decir que me recuerdan al delicioso chocolate suizo Milka -y es que hasta el envoltorio de ambos es de color morado. ¿Coincidencias?-.  Pero el caso, y ya me lo decía mi iaia, es que allá por dónde los ingleses pasan y conquistan lugares, éstos dejan su negocio, es decir, esa cultura del business que tanto les caracteriza. A largo plazo todos estos pequeños y grandes países acaban compartiendo parte de este modelo de vida. 

Ahora bien, adentrada en el mundo laboral, de entre una clase que a veces creo sentirme desencajada, la sociedad neozelandesa me vuelve a brindar la oportunidad de conocerla más y desde más adentro. Tanto es así, que por ejemplo, jóvenes de edades comprendidas entre 18 y 22 trabajan sin parar porque no quieren estudiar. Porque aquí, aunque el gobierno conceda un préstamo para financiar los estudios, algunos deciden no estudiar y trabajar, trabajar hasta, una vez cansados de estar en este pequeño país, viajar al país vecino porque "pagan más, se vive mejor y el tiempo, a veces de entre tormentas veraniegas, da tregua y es mucho más cálido", como decía Mellisa Parker el día que pusieron los horarios de navidad en el trabajo. Estas fechas tan señaladas están en medio de pleno verano y es inevitable pensar en no ir a la playa, pegarse un baño o hacer una barbacoa. 


Pero esta compañera de trabajo no es la única de entre los jóvenes que cruzan el charco. Los que no pueden volar a Europa, lo que viene a ser ir directamente a Londres (Reino Unido), toman la alternativa de quedarse en este mismo continente y a tan solo 3 horas se plantan en la costera ciudad australiana como lo es Sydney. Con ello, me atrevería a decir que este es el sueño de la mayoría, que con 22 años ya han acabado la carrera, después de haber estudiado durante tres años en la universidad, y tienen en mente el trabajar, coger algo de experiencia laboral y mudarse a Europa, donde pueden tener un trabajo con mejores condiciones, mejor pagado "y porque es Europa!", quienes algunos se lo imaginan "bonito, lleno de históricos edificios y calles, románticas y ambientadas, como París, Roma, Bruselas. O estar sentado en terrazas y con vistas al mar, disfrutando del vino y la buena comida en cualquier  ciudad mediterránea... u otras ciudades cosmopolitas como Barcelona, Londres o Berlín". 


Gore. Southern New Zealand.

Pero es que para hacer este recorrido tan largo y poder disfrutar de este sueño los neozelandeses han de ser pacientes, muy pacientes, y fuertes (quizás) para aguantar casi las 30 horas y pico que suele durar un vuelo a cualquier ciudad europea. Esto conlleva entonces, que la sociedad sea efectivamente paciente y en forma, que veas a gente correr a diario por la calle, el parque, los paseos y la playa, e incluso, que los obesos sean esas personas de clase baja, que viven a base de ayudas del estado y que tienen cinco hijos desde bien jóvenes. Porque resulta que las verduras y las frutas a veces alcanzan precios impensables, dependiendo de la temporada. Así que su alimentación, no muy rica en nutrientes, se basa en el fast food y el hecho de tener una dieta equilibrada se quedan por los suelos, ni se piensa en ello. Pero no puedo quejarme de algo que no me incumbe pues así está basada esta sociedad.  

Eso sí, con todo esto, solo me basta concluir y decir que parece ser que conforme pasan los meses y después de estas pequeñas apreciaciones, me amoldo a una sociedad que me está enseñando a ver una forma de vida de diferente manera. Ya que estoy en un país pequeño, con 100 ovejas y corderos por habitante, es tranquilo y vive en paz, sin molestar al vecino de enfrente o del cuarto piso. No hay edificios donde viven decenas de familias ni ascensores que se estropean cada dos por tres. Las verduras y otros manjares que añoro de mi ciudad son diferentes pero el tiempo aquí hace que algunas otras varíen. Y sigo con la idea de que me encanta el chocolate Milka pero una vez probado el cremoso chocolate Cadbury ya no sé cuál prefiero primero...

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S. Aparicio Ramírez

lunes, 4 de octubre de 2010

Vivir, vivir y sobrevivir

Me prometí no volver a trabajar de camarera nunca más pero cuando no se tiene otra opción ¿qué vía hay que escoger? La A (de alternativa). Cuando se está en un país al que no perteneces cuesta dedicarse a lo que te apasiona, a lo que te has formado en la escuela y a lo que crees que serás de mayor, porque las elecciones se limitan y te toca apechugar  haciendo de esta ilusión algo efímero y trabajando de lo que se puede para que te dé de comer, para pagar el alquiler del piso y para que, encima, puedas visitar el país en el que vives. No olvidemos que soy inmigrante, llegada desde muy lejos y vivo en un país que muchas veces me recuerda que estoy en otro planeta ya que sus paisajes, sus playas y su naturaleza a tan sólo cinco minutos, una vez se sale de la ciudad, son espectaculares. 

Es por eso que después de haber pasado este medio año en Dunedin el país cada vez me apasiona más ya sea porque no dejo de sorprenderme viendo estos parajes salvajes. Cada día está lleno de descubrimientos -siempre naturales- que a veces ya no puedo explicar, tal vez sea, porque aquella visión constante en la que todo me impresionaba al principio ya no es la misma un tiempo después. Ahora me son comunes los cambios de direcciones en la acera y en la carretera, ver correr a gente por la ciudad a todas horas, el cierre de las tiendas a las 5.00pm y las cenas a las 6.00pm. Frecuente es ver que los viernes la basura orgánica y los lunes el cubo azul del reciclaje están enfrente de las casas, así como, los pitidos de los semáforos cuando están en verde, la baja intensidad de las farolas y las señales que te avisan de peligro, de prohibición, de riesgo y que te avisan de y por todo. 

Además, en este tiempo, he podido recorrerme la ciudad cuántas veces hiciera falta tanto para fijar las asignaturas, cursos y por fin, título académico en la universidad como para colgar algún que otro cartel o dejar tantos curriculum vitae hiciera falta en los pequeños y grandes medios de comunicación. Pero a pesar de ello y tras pasado ese tiempo, aún percibo, cada vez más, la dificultad de ser inmigrante y dedicarse a lo que realmente llena por vocación o por placer; he debido activar la opción A y caer en el error (o quizás no es tanta la equivocación, según se mire con un ojo a la izquierda pensando en la economía y supervivencia) de trabajar en la hostelería. Mis clases de español me dan dinero pero no me llega para vivir. El trabajo de canguro es más bien ocasional, lo cual me trastorna un poco pero me da algo extra, y las horas de trabajo que me dan en un backpacker (albergue para mochileros) están condicionadas por mi nivel de inglés ¿o no? ¡ver para creer! Y creo que este sentimiento, quizás de resignación, me viene a la cabeza una vez leo la situación juvenil plasmada en una web de un diario español dónde se están recibiendo un centenar de comentarios a cerca de los pensamientos, las inquietudes, las frustraciones, las ambiciones, los deseos, las nostalgias, los esfuerzos, los logros y un gran etcétera que ahora mismo, los jóvenes -españoles- tenemos.

Quizás la situación en España no esté pasando sus mejores momentos. Pero desde la otra parte del mundo, y un poco ajena a lo que sucede allí, lo único que puedo manifestar de una forma más agradable, es que estos seis meses aquí me han servido para mucho, han sido largos, intensos y enriquecedores. Sin duda, una vez pasado este tiempo en New Zealand y haber conseguido el Work Permit (Permiso de Trabajo), algo por lo que he tenido que apostar duro, he debido meterme de lleno en la búsqueda de trabajo e ir a conseguir lo que se pudiera pues ya no tengo restricciones ni exigencias. De tal modo que, al mismo tiempo que empezaba a trabajar en un restaurante italiano, por otro lado me estaban llamando para concederme una entrevista en un hotel dónde, tan sólo dos días después, estaba firmando el contrato indefinido. Lo que me da a entender que sí que hay trabajo en el país, de ahí su baja cifra de desempleo, rozando un 4% de la población. No obstante meter la cabeza en el sector profesional requiere algo más de tiempo pero al final se consigue. Estoy segura de ello por que me han contado y he visto algunas otras situaciones que han terminado bien, muy bien. Pero ahora, sólo debo aceptar 'ese' trabajo que me permita quedarme en el país un tiempo más, esperar que llegue el verano y con él las navidades, visitar la isla norte, la isla sur, Stewart Island y luego volar. Puede que, en parte, sea un sueño, pues haré lo que sea para conseguirlo y así, poder continuar formando de mis inquietudes, mi viaje. Y para ello, hace falta esfuerzo y un gran colchón económico que tendré a base de trabajos que me ayuden, al menos, a alcanzar parte de esta ilusión. Es tan necesario el dinero... 


Pero sigo feliz y entusiasmada, no por trabajar en la hostelería; echando de menos a las personas que me apoyan en todo momento, confían en mí y en mis valores y sobre todo, aguardan el momento en el que al fin, logre aquello que me corresponde, porque he de confesar que su energía positiva me llega diariamente. Entretanto, estar en el hemisferio sur, es estar andando boca abajo pero con la cabeza bien alta, sentirse tan cerca del polo sur como antes nunca había estado y saber que alrededor de unos 126 kilómetros, estés donde estés en la isla sur, te encuentras las aguas del P(p)acífico. Sin más, para todas ellas,  esperando veros sonreír, me despido con un ¡ooolé!

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S. Aparicio Ramírez

domingo, 26 de septiembre de 2010

Llega la primavera

Llega la primavera. Por alguna rara razón en New Zealand dicha estación empieza a principios de septiembre. Un mes bastante característico sobre todo por el nacimiento de corderos, y esto supone que alrededor de unos 40 millones de ovejas que hay repartidas por todo el país pueden parir. Después de llevar el embarazo durante el invierno,  frío y lluvioso en la isla sur, de forma ‘natural’ las ovejas tienen a sus crías y aquí, los granjeros y pastores, aguardan expectantes el momento para hacer negocio. ¿En qué sentido? Muchos de los ganaderos cuentan con grandes propiedades donde un rebaño de unas cien ovejas corre y se alimenta a sus anchas, pero una vez ya tienen a los pequeños corderos, éstos son vendidos por unos 100 dólares neozelandeses cada uno. Además, si la temporada ha sido buena, es decir, si hay suficientes crías para hacer del mercado un gran negocio, el precio por cada animal se incrementará. Sin embargo, hay que tener en cuenta un factor casi primordial en este país: el tiempo.


Oficialmente, a primeros de mes, se da la bienvenida a la primavera, aunque esto no significa que con ello llegue siempre el tiempo más cálido y soleado. No obstante, sí que puede darse el caso de que septiembre es un mes transcendental de lluvias, sol, nubes y desafortunadamente, de tormentas. Así que a mitad de mes, la isla sur tuvo una tormenta llegada desde el mar de Tasmania. Ésta trajo temperaturas bajo cero, fuertes vientos, de hasta 120km/h, y dejó enormes nevadas, no vistas anteriormente en pleno invierno. Alrededor de unos doce días, tuvimos mucho mucho frío y la ganadería sufrió una de las peores temporadas de los últimos años. Los miles de corderos recién nacidos, fallecían y ahora sus cuerpos se intentan vender a 50 céntimos cada uno. ¿Para qué? Probablemente para carne y poco más. Su precio se ha reducido hasta tal punto que el gobierno debe intervenir y conceder dinero a todos los ganaderos afectados. Se estima que la pérdida de ganado es de unos 50 millones de dólares neozelandeses. Pues una de las riquezas de este país son principalmente las ovejas, el viñedo y los terrenos frutícolas. 

Con esto, seguimos en lo cierto, en New Zealand dimos la bienvenida a la primavera a principios del mes de septiembre. Algunos días soleados y más cálidos, otros nublados y fríos; la llegada de una tormenta que dejó nevadas y un gran desastre ecológico. Pero a pesar de todo, a mitad de mes, el 18 de septiembre, una gran comunidad de chilenos afincados en Dunedin desde hace unos cuantos años, celebraban su tradicional fiesta de la Independencia -de España-. Este año, la celebración era algo más especial pues se cumplían 200 años de dicha independencia. Ellos, acostumbrados al mismo orden estacional del hemisferio sur, suponían que el tiempo aquí podía sorprender. Sin embargo, en Chile, andan más relajados por estas fechas ya que las temperaturas rondan los 20 grados y la gente, en este día tan popular, se reúne en parques, jardines o en casa de amigos para comer, bailar, hablar, beber, comer y beber. Ahora, en Kiwiland deben hacer lo mismo. Con la misma alegría y festividad y con una muy buena organización, alquilaron una iglesia abandonada, apta para actos especiales, en medio de un jardín verde y frondoso. Justo ese mismo día, el 18: La Pecadora, cayó, en la ciudad de Dunedin, un inesperado granizo que más tarde se convirtió en nevaba. Eso sí, la música, el asado, las empanadas, los calzones rotos, los wevones, los cachai, los bailes, las risas y un gran etcétera, no cesaron ni por un segundo.

Rodrigo y Sofía. Fiesta 'La Pecadora'
Dunedin, New Zealand.


Ahora bien, tras tratarse septiembre del mes del nacimiento de corderos, de las tormentas inesperadas, de la celebración para los chilenos de la fiesta popular 'La Pecadora' -por cierto, ¡Feliz 200 años Chile!-, llega la primavera en New Zealand. Finales de mes y al fin, sale el sol más de tres días, en el piso no hace falta encender la calefacción y se puede tomar y beber en las terrazas de los bares. Además, el pasado sábado 25, el país cambió el horario de verano, es decir, se añadió una hora más de luz al día. Esta idea nació en 1905, el constructor inglés William Willet, concibió el horario de verano mientras paseaba a caballo justo antes del desayuno, cuando en ese momento pensó cuántos eran los londinenses que dormían a esa hora, durante la mañana. Así que el 30 de abril de 1916 se aplicaba esta idea en Alemania junto con sus aliados y sus zonas ocupadas fueron los primeros países europeos en emplear dicho horario. Desde entonces otras muchas propuestas, ajustes y renovaciones se han dado a lo largo de los años en distintos países. Si en Europa el cambio de horario se concibió por primera vez a finales de abril de aquel año, en New Zealand lo hizo en 1927. Se acordaba así que el horario de verano empezaría el primer domingo de noviembre y se alargaría hasta el primer domingo de marzo. Ahora bien, pasados los años, las fechas en las que se aplica dicho cambio han ido variando hasta el 30 de abril de 2007 (curioso que se hiciera el mismo día que en Europa pero casi que un siglo más tarde), cuando el gobierno neozelandés anunció que el horario de verano duraría de unas 24 a 27 semanas, pues se debía entonces cambiar la hora el último domingo de septiembre y se prolongaría hasta el primer domingo de abril. 

Ahora sí, en New Zealand llega la primavera.

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S. Aparicio Ramírez

miércoles, 8 de septiembre de 2010

iPad se escribe con i

Cruzando el mar de Tasmania se encuentra la gigante y famosa Australia. Muchas son las diferencias que se podrían hacer de unas islas pequeñas y salvajes, como es en su conjunto New Zealand, comparándolo con la ciudad de Sydney ya que sólo la población de un país entero es la misma que la ciudad costera al sur-oeste australiano.

Durante seis días he estado fuera de este pequeño país pero ahora, ‘desgraciadamente’, ya estoy de vuelta. Se dieron por terminado unos días de auténtico placer. Esto se debe, en parte, a una compañía latina inmejorable. Conocí a Jackie, una chica de 23 años, mejicana, divertida y dispuesta a 'chupar' tequila todo el tiempo en los populares carnavales alemanes de Köln. Allí coincidimos en casa de mi gran amigo Josep y tras pasar unos días de disfraces y frío, cada uno volvió a su rutina diaria que por aquel entonces tenía. Eso era, estar repartidos por distintos países europeos como Francia, Alemania o Inglaterra, estudiando, o bien, trabajando. Después de un año y medio, vuelvo a encontrarme con Jackie y su sangre mejicana, alegre, latina, de piel morena y otras más percepciones invisibles que no se me ocurren, a lo mejor porque es latina y con eso basta, entonces ayuda, por supuesto, a que en Sydney me haya sentido acogida por una amiga que conocí disfrazada.

Harbour Bridge. Sydney, Australia

Ahora, tras pasar estos días en Sydney con ella y con su compañero de piso, me doy cuenta de lo grande y pequeño que es el mundo pues cuando nos despedimos a mediados de aquel febrero jamás figuramos volvernos a encontrar en esta isla de tamaño espeluznante. Pero aquí estamos. Puede ser que el estar trotando de un lado al otro tenga estas enormes coincidencias. En sus idas y venidas, el viajero sólo quiere divertirse, conocer, ayudar, ser ayudado e interesarse por una nueva ciudad que siempre abre las puertas a todo aventurero.

Así que como buena aventurera me atrevería a decir que Sydney me ha mostrado su cara más 'bonita'. Desde el primer momento he sentido como esta ciudad, 'bebé' en cuanto a su reciente desarrollo, adquiere un nivel de vida bastante alto. En parte, porque me he movido por entornos de alta élite y no he tenido la ocasión de visitar suburbios donde, probablemente, podría encontrarme familias de clase baja. No estoy segura de que las haya aunque tampoco puedo decir lo contrario. No obstante, también es verdad que a ojo de todo turista cuando se pasea por algunas de las calles más transitadas, como puede ser el Center District Business (Distrito céntrico de negocios) su aire es muy pero que muy yankee. Hora del lunch, hora punta: 12.30, móviles, blackberries, cafés, sandwiches, sushi, mucho sushi, trajes, i -lo que sea, corbatas, tacones, bolsos, portátiles, etc, etc. ¡Qué miedo! El tráfico está congestionado, no se oyen bocinas, pero se oyen los semáforos intermitentes cada vez que se pone en verde –también lo hace en New Zealand-. Es, sin duda, la hora de comer y la zona está a rebosar de trabajadores y turistas.

Por lo que si tuviera que utilizar una palabra para definir esta gran ciudad, lo primero que se me viene a la cabeza: sorprendente; y así es, después de andar un jueves, viernes o miércoles cualquiera, y ver todo esto. Su nivel adquisitivo me ha impresionado. Con una población de más de cuatro millones, una gran comunidad asiática e hindú y descendientes de ingleses y otros europeos, Sydney, es multicultural y ciudad de negocios. También lo es de ocio. En cada esquina tienes un bar, cafetería, discoteca o restaurante. Además, al tratarse de una ciudad costera, son muchos los que a diario se desplazan a Bondi Beach para surfear en su larga playa o hacer cualquier tipo de deporte alrededor de su paseo. Nada alarmante viniendo del país de aventuras y riesgo por excelencia, pero siempre llama la atención.

Y una vez más digo "sorprendente Sydney" cuando antes de viajar no me podía imaginar el tipo de ciudad que era. De hecho, me imaginaba que habría una red de metro bastante avanzada y un sinfín de transportes públicos para que los más de cuatro millones se movieran a diario. Sin embargo, no estoy del todo en lo cierto; el centro se une por un tranvía circular, elevado a unos cuantos metros del suelo, y los distritos, por trenes y no metros. El resto de población conduce su propio automóvil. Percibí una vida relajada y cómoda, algo individualista, viviendo el día a día, enchufados continuamente a nuevas tecnologías... Tanto es así, que cuando me disponía a coger el último tren al aeropuerto, el chico que esperaba conmigo desde las 4.45 de la mañana y hasta las 5.09, escuchaba música y jugaba con su iPad, la iPad que se escribe con i, tan sumergido estaba que yo, desde la puerta del convoy, no le pude avisar que su -nuestro- tren ya partía. 

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S. Aparicio Ramírez

Buenos días mundo

Me comentan que estos días está lloviendo y hace feo en Valencia y que, incluso mejor porque así no entran más ganas, aún si caben, de salir...