jueves, 18 de agosto de 2016

Las flores de Luis. Los de Puebla

Hoy Luis ha preparado un ramo de rosas extremadamente bonito. Las rosas eran rojas e iban combinadas con unas florecillas blancas, otras moradas y algunas hojas verdes que relucían demasiado bien en este día nublado.

Luis es el mejicano de Puebla que se encarga de que en mi casa no falte eucaliptos o gomero de la sidra, como lo quieras llamar. Siempre que llega fresco me lo regala. Además, es el encargado de las flores del deli de la esquina camino a mi oficina. Así que, cada vez que paso a última hora del día le saludo y despido a la vez:
- Luis... ¡qué bonitas tienes las flores hoy!
Y él siempre me responde:
- Ándele, ¿cómo está hoy? ¿Ya se va a casa? ¡Se cuida!
- Sí, amigo. ¡Tú también!

Entonces yo giro la esquina y desaparezco entre toda esa gente que camina deprisa en contra mío. Van directos a la cuarenta y dos, o bien a coger el bus a Nueva Jersey, o bien a coger alguna de las múltiples líneas de metro que paran en la 42nd, en pleno Times Square. ¡Qué agobio esquivar toda esa gente que tiene unas ganas terribles de llegar a casa! 

El caso es que llevaba unas semanas, e incluso, meses queriendo escribir en Las Cuatro Cuarenta. Esta bonita historia que comenzó en el momento de embarcar en ese avión destino Nueva Zelanda y que me ha acompañado hasta hoy. Casi 6 años después. Lo que algo comenzó como una manera de reflejar mis viajes, experiencias e impresiones se ha convertido, un poco, en un diario personal que comparto con mi familia y amigos y, seguramente, con alguien más que se cuela en el blog. Ya se sabe que con esto de Internet, no puedes medir el alcance que tienes.

Hoy, además, he terminado de leer Noches sin dormir. He entrado en el vagón devorando las últimas páginas y me he sentado al lado de un señor que parecía tranquilo comiendo una empanada. Una empanada que, por cierto, ambientaba todo el vagón. Y con la buena pinta que tenía, mirándola y mirándolo a él como se la comía, me ha abierto el apetito. He pensado: "serán de Empanada Mama". Un sitio colombiano que me llevó Josh un día y que se nos antoja cada vez que andamos por Hell's Kitchen.

De repente, el señor que era mi compañero de asiento se ha terminado la empanada, ha abierto la bolsa grande que tenía en el suelo, ha rebuscado un rato y ha sacado otra con los mismos ingredientes. Muy delicadamente se la ha llevado a la boca y ha empezado a masticar. Claro, yo hacía como que leía el libro. Los ojos se me estaban yendo solos. Y entre mordisco y mordisco, él ha mirado entre mis páginas y muy descaradamente se ha girado y me ha dicho:
- Oh, ¿hablas español? Ahora veo que estás leyendo un libro en español.
- Sí, soy de España. De Valencia.
- Oh, sí. Ustedes tienen ese acento con la ce. Valenzia, Barzelona. Oh, sí, sí, yo sé.
- ¿Y tú? ¿De dónde eres?
- Yo soy de Méjico, de Puebla .¿Lo conoce? ¿Ha estado en Méjico?
- Sí, bueno, tengo una amiga que cuando la conocí solo me cantaba: ¡Chúpale, chúpale..! - y le he hecho el gesto de beber.
El señor se ríe. Se ríe tan a gusto que se le sale un poco de empanada de la boca. Entonces, continúo.
- Estuve en Guadalajara, también. Visitando unos clientes. Visitando las piscinas grandes y la cría del camarón. Muy rico el camarón de Méjico.
- Sí, yo he escuchado. Guadalajara es muy linda. Esta empanada lleva camarón. Se llama Viagra.
- Ah, muy bonito nombre.
Este último comentario también le ha hecho gracia. Y menos mal que ya no le queda nada de comida en las manos. Entonces, vuelve a abrir la bolsa de delivery (entrega a domicilio) y saca otra bolsa de plástico más pequeña. Me la da y me dice:
- Tome, cómase esta que me queda. Estoy yendo a hacer un delivery y no se crea que son de la entrega, no. Estas me las he cogido yo para el trayecto. Ya llevo muchos años con ellos y en otro restaurante italiano. Me gusta hacer los deliveries. He probado dentro, en cocina, fregando platos...pero no. A mí me gusta esto.
- Eso está muy bien. Más independiente así. ¡Gracias por la empanada! ¿De verdad?
- Sí, sí. Cómasela. Es como la que me he comido yo. No se crea eso que pone en la bolsa Beef & Broccoli -, y señala las pequeñas letras que tiene la bolsa de papel.

Ya hemos llegado a la cincuenta y siete y se tiene que bajar. Yo, mientras, agarro la bolsa que lleva la empanada dentro con las dos manos, bien fuerte, no se me vaya a caer y desaparezca ese apetito que tanto me ha generado su olor. Nos despedimos medio en voz alta.
- Suerte, que tenga un buen día amigo -, le digo yo.
- Sí, igualmente. Acuérdese, esa empanada se llama Viagra por si algún día va a comer a Empanada Mama.


Luis mostrándome el ramo de rosas. 


martes, 3 de febrero de 2015

Cumplo 30, os espero este año

Una de las cosas que se repite más a menudo cuando hablas con la gente que te vas cruzando por el camino es que el primer año en Nueva York es EL PRIMER AÑO. Muchos de ellos ya llevan tiempo por aquí. Siempre dicen que esos son meses difíciles, semanas que nada sale bien, semanas que tienes millones de oportunidades, días muy felices, días muy tristes y bla bla bla... Lo que está claro es que el primer año es el año que intentas encauzar tu vida en NY y tras esos meses, cuando ya has experimentado todo (o casi todo), parece que llega la calma. De hecho, el banquero me dijo hace un par de semanas: Si fuera fácil, no sería NY. ¿Pero qué tiene esta ciudad que todos quieren vivir?

Una amiga, que vino a visitarme, me dijo: Yo no sé si podría vivir aquí, esto parece todo como muy demasiado, ¿no?. Otro amigo, que vino de paso, me comentaba: Voy en el metro y alucino viendo la gente correr para entrar en el vagón. Sí, ambos tienen mucha razón. Recuerdo, cuando ya estábamos casi en verano, que un amigo valenciano, muy viajero y afincado en Alemania, me dio mi primera dosis de energía. Me dijo: Tía, esta ciudad tiene una energía brutal. Nueva York tiene esa energía de gran ciudad que atrapa. Todos quieren venir aquí porque las oportunidades laborales son 200 veces más que cualquier otra ciudad americana. Los recién licenciados tienen hambre, tienen ambiciones. En el colegio les han enseñado a salir ahí fuera y trabajar y, ser el mejor. A los nueve años hacen su primera presentación en clase delante de los compañeros. A los 12 tienen que decidir que van a estudiar en la universidad. ¿Es esto el centro del capitalismo? ¿Es América el auténtico país donde consigues tus sueños? De momento, lo único que puedo decir es que en esta ciudad no hay techo. No hay límites para soñar. Irónicamente el Skyline es el más bonito del mundo y aunque a veces no se vea el cielo, sabes que está ahí y que todo lo que te propongas puede suceder. Y así, de esta bonita manera, cumplo yo mis treinta.

Además, después de recibir abundantes visitas, he de reconocer que todas han contribuido a que mi año de supervivencia haya sido aún más formidable. Durante mis últimos veinte, sí ya llegaron los treinta (aaah!), todas estas visitas han sido una alegría constante. Creo que cada uno de ellos ha podido experimentar mis diferentes etapas y estados. Algunos llegaron en mis momentos más dulces y otros, estuvieron en los momentos más duros. Y la verdad es que ellos y ellas, después de insistir para que retomara este blog, son la razón de que hoy vuelva a escribir.

Así que tras estos doces meses en la ciudad hemos hecho, entre todos, que el 2014 y mis últimos veinti y.. haya sido inolvidable. Empezando por aquella ruta a temperaturas bajo cero con Iván y Pepino. Noche de diversión con Manu y Buffy. Visita fugaz de Nachete. La pareja valenciana más amorosa de Iyad y Rocío. La visita sorpresa de Gintare, compañera lituana de Erasmus y todo un honor volverla a ver. La mágica visita de Josep. Llegaban las altas temperaturas y Emma, amiga sueca residente en Dunedin, volaba de vuelta a Nueva Zelanda; puro amor y muchos recuerdos juntas. Una típica noche en el Rudy's con Willy, amigo de batallas en NZ. La inesperada visita de Xusoa, las grandiosas charlas y risas que acompañamos con Nela, nueva amiga que se une a la experiencia americana. Mi dulce Martita cuando pasamos una semana de apasionantes historias, risas y más risas. La pareja recién casada más molona de Valencia, mi primo Whiso y su mujer, Mari. La maravillosa visita de mi Luni, 24 años de amistad. La sopa calentita que me tomé con María y Carlos, los papis de Ferraniu, una gran amigo de la infancia. El brunch con Susie, la mamasita de Miami y que conocí cuando viajamos por los 12 Apóstoles (Australia). El amor insuperable de Jess y Bugs a finales de octubre, durante Halloween. Las cervezas con Victor, el sevillano con más arte que había y hay en Edimburgo. Además, vino acompañado de su chica escocesa y fue todo muy apasionante. El bonito encuentro con Robertino y su chica, tras nuestro paso por el Erasmus en 2007 y seguido de años de fuerte amistad. De hecho, nos reunimos en un bar de tapas y allí compartí cervezas también con Raffaela, la hermana de Robertina, mi hija en Formentera 2013. La mega burger americana en un bistro con Guy y Jackie, puro amor encendido cuatro años después de que les viera en Sydney la última vez. El accidentado brunch con Sue y Jake, la mamá y el hermano de un gran amigo mío de NZ, Henry. Y los vinitos y posterior 'Vamos al 7Eleven' con el madrileño Miguel, amigo de mi prima y que Facebook ha hecho posible mantener el contacto. 

¡GRACIAS! ¡Y más gracias a vosotras y a vosotros! Esta entrega va por ti.
Os espero este año.


The Wythe Hotel.
Williamsburg, Brooklyn. 
Jun 2014

jueves, 22 de enero de 2015

Los tópicos del New Yorker

Desde septiembre que sigo soñando con lo que mi iaia me dice y repite cada vez que hablo con ella. Bien, en diciembre cumplí un año viviendo en esta frenética, dinámica, crazy city: Nueva York. Podría hacer balance de un año cargado de altibajos, de superaciones, de límites, de no límites, de sorpresas, de visitas de amigos, que por cierto, han sido muchas y muy queridas todas. Podría comentar como un año ha pasado volando. Podría decir que los acontecimientos siempre llegan cuando menos te lo esperas. Y podría explicar que por fin he sentido el amor. 

Ya llevamos casi tres semanas de este 2015. Aquí ha llegado con temperaturas más bajas que el año anterior pero menos nieve y más viento. Y ahora que hablamos de esto, os comento que hay tres tópicos que siempre podrás entablar con un newyorker. La primera: El tiempo. Haga frío o haga calor, siempre tendrás algo que discutir sobre cómo se presenta el día en las próximas horas. En una ciudad donde pasas la mayor parte del día encerrado en una oficina, de verdad, ¿te cuestiones el tiempo con tanta inspiración? La segunda: La movilidad. No habrá momento en la charla que, a veces para iniciar un nuevo tema, se hablará de cuánto le costó a ella coger un taxi y a él llegar con el metro; 'el D ha estado parado 15 minutos en el puente y no informaban de nada'. La tercera: El hogar. Ya sea porque tienes un apartamento en una zona muuuuuy buena de la ciudad o porque alquilas una habitación, tipo un cubo de 2x2, siempre, en algún momento de la conversación, serás interrogado. En tu respuesta depende que se desvele tu nivel económico (más o menos).

¿Qué tiene de especial esta ciudad para que las conversaciones giren en torno a tres tópicos generalizados en su máximo esplendor? Yo creo que es la soledad que les invade en su día a día. Por poner un ejemplo, cojo el metro cada mañana a las 6.47am. En mi parada solo pasa un tren, el R. El señor de la MTA (Metropolitan Transportation Authority) que trabaja en taquilla es el primero en darme los buenos días. Ya somos amigos. Además, ayer le di una tarjeta que estaba bloqueada y que no se podía recargar. Tenía $1.95 de crédito, con 55 centavos más podría utilizarla para un viaje. Ayer, me dirigí a él y le dije Good Morning, Sir. Le presenté el problema y, MTA p'arriba, MTA p'abajo, mueca cómplice, tecleo...Y por fin, después de minuto y medio, tenía tarjeta nueva, validada para un viaje y con acceso a recarga. Un final feliz, dirán algunos. Una vez ya dentro en la estación me despedí con una gran sonrisa y un Have a nice day and Thank, Thank you so much. Con esta última frase, una decena de miradas me intimidaron. ¿Qué ha pasado? Sin más, agaché la cabeza y mi sonrisa se esfumó levemente. Acabada de pasar lo que suele ocurrir cuando en la estación, a primera hora del día, no se oye más que los trenes. Son muy pocos los que en esta ciudad intentan solucionar un problema con una tarjeta del metro. Muy pocos se atreven a peder un minuto y medio de su mañana. Muy pocos sonríen y hablan. En sus trayectos, la mayoría duermen inclinando la cabeza hacia el suelo o apoyándola en las ventanas. Inician así una nueva jornada dejando atrás sus hogares. Probablemente, algún incidente ocurrirá en el metro. Más tarde, saldrán a la calle y ya estarán listas para afrontar un día invernal. Así será el inicio de un día más en la gran ciudad. Sin olvidar, que estos tópicos siempre les darán de que hablar.


Union St. Station. Brooklyn.
Dic. 2014

sábado, 6 de septiembre de 2014

Las iaias y los sueños

Las iaias molan mucho. Tienen esa capacidad de decir las palabras exactas en el momento que más lo necesitas. Ellas, que han crecido en otra generación, pueden ser las mejores maestras de la historia. La mía, por ejemplo, habla de los cambios generacionales, de lo que oye en la radio y la televisión, de lo que dicen los concursantes de Saber y Ganar, de lo que le cuentan y de lo que sabe. Toda esa mezcla se une a un aburrimiento, donde ve pasar las horas del día como esos relojes de arena que van deprisa pero que nunca terminan. En su conjunto, hacen una explosión de auténtica sabiduría. 

Hace unos días hablaba con ella por Skype, que por cierto, le fascina escucharme tan claro y a la vez estar tan lejos. Muchas veces comenta que parece como si estuviéramos en la habitación de al lado y lo enlaza con un "fíjate, cuando mi hermano se fue a la Argentina, las cartas tardaban seeemanas en llegar...y ahora, con esto de Internet, nos hablamos como de fijo a fijo". Y la verdad, es que tiene razón. Cuando vivía en Nueva Zelanda nos llevábamos 12 horas de diferencia. Allí fue el comienzo de mis largas llamadas por Skype. Ya lo decía, se quedaba alucinada. Pues bien, el otro día me contaba que una concursante de un programa de una cadena privada española decía que ella quería ganar el bote porque había estado viviendo cinco años en Estados Unidos y ahora, quería pagarse el visado para poder volver y quedarse más tiempo. Además, la concursante, "una chica joven", como me dijo mi iaia, decía que el visado costaba alrededor de unos 5.000 dólares. Y ahí, mi iaia, una señora camino a los 87 años, me preguntó "¿eso es verdad?". Sí, le respondí, el coste del visado varía en función de las consultas que se hagan con el abogado que pueden rondar entre los 150 y 450 dólares la hora. 

Cuando uno decide emprender una aventura y viajar, nunca se sabe lo que te puede pasar. Quizás sea eso lo que a más de uno le guste experimentar en el momento de saltar al vacío. Hay unos viajes que emprendemos por simple curiosidad y otros, por amor a lo desconocido. Llega el momento de vivir y cumplir los sueños, no de soñar viviendo. Nos atascamos en sueños que resultan difíciles de alcanzar ya que los tenemos en el simple pensamiento. En este salto al vacío, hay personas que maduran la idea, otras que se dejan llevar. El resultado siempre queda por llegar. El sueño se está haciendo realidad. Se aprende a mejorar el mundo, no económicamente ni políticamente, sino, a mejorarlo entre la gente que te rodea. Un simple gesto puede cambiar el día a la persona más cercana. Un abrazo, una mirada, una sonrisa. Ya lo decía mi padre en mis años de adolescencia "recuerda hija, los pequeños detalles son poderosos". Cambiamos el mundo haciendo feliz a los demás. Los que vivimos el sueño, sufrimos. Nos entran los miedos, las dudas, las incertidumbres, nos echamos para atrás, lloramos, nos arrepentimos, queremos renunciar, abandonar el barco. Pero en todo este camino, hay siempre una persona que sus palabras te mejoran el día. El miedo no lo crea la incertidumbre, lo debería crear la rutina, la monotonía, la falta de experiencias, de vivencias, de historias que contar cuando lleguemos a los 87 años como los que tiene mi iaia. Viajando se aprende a hacer feliz a muchas personas, transformamos el camino y al mismo tiempo, eres el único dueño de esa transformación. Y aunque, no podamos cambiar ni mejorar el sistema, podemos hacer feliz a los demás. Y con eso, mi sueño está cumplido. Además, de que quiero seguir haciendo feliz a la gente que me rodea, que me cruzo en el camino y a las personas increíbles que encuentro en mis viajes.

En estos viajes, la decisión de dejar tu familia, la gente que quieres, que te encuentras en el camino, esa gente que te apoya, te hace sentir más fuerte, te motiva, te ayuda. Toda esa gente que te cruzas en tu camino, mientras viajas y vives, acentúa el rumbo de tus sueños. Duele dejar a los que quieres atrás pero su cariño y amor van contigo. Ellos son los que están felices, tú has decidido salir y explorar, aprender y descubrir. El apoyo de esa gente ayuda a sonreír en la distancia y a buscarse la vida con más empeño que nunca. Esa distancia no es distancia si hay amor. ¿Quién dijo que la distancia quebrantaba el cariño? Hoy, ayer y todos los días, hablo con una mariposa que me guía. También hablo con mi papá que está siempre conmigo y está lejos. Y hablo con mi iaia, que a pesar de estar lejos, sus palabras susurran mis oídos: "Yo, no hago más que jugar a la lotería porque si toca, nos alquilamos un apartamento en la Quinta Avenida, hago las maletas y me voy contigo". Nunca es tarde para seguir soñando.


MoMa PS1. 
Queens, New York


jueves, 28 de agosto de 2014

Los días pasan en la gran ciudad

Llevo algunos meses pendiente de escribir en Las Cuatro Cuarenta y por fin, robo algo de tiempo a mi día a día. Es cierto que en las últimas entregas reflejaba un estado apático pues las circunstancias que se estaban dando a mi alrededor eran bastante devastadoras. 

Hay sentimientos enfrentados en esta gran ciudad. Normalmente, cuando la vida te lleva con el flujo de la gente, no eres consciente de mirar a tu alrededor y reflexionar. Cuando vas caminando y caminas por inercia, sabes que algo muy deprisa te está pasando por tu lado y no te da tiempo a pensar cual es el camino que has de coger para ir a casa, por ejemplo. A veces, cuando me siento en el sofá del salón de casa, que por cierto, es bastante angelical, pienso '¿Cómo he llegado hasta aquí?'. Sí, esta ciudad te arrastra. 

Dentro de poco se cumplirán 9 meses en Nueva York y como todo animal, nos acostumbramos a nuestra habita pasados 6 meses. El sentido que se tiene de esta ciudad es muy diferente a medida que pasa el tiempo. En ese tiempo empiezas a entender muchas cosas y a ver esas cosas de diferente manera. Hace poco un amigo de Valencia estuvo de visita por la ciudad. Me sorprendí a mi misma cuando en el momento de pasar las barras del metro, su ticket no funcionaba y le dije 'Entra con agresividad, así como va la gente'. ¡Increíble! Sí, esta ciudad te lleva a decir estas cosas. 

Una vez estás en el metro, aquello ya es una lucha de ver quien es el más fuerte, el más listo y el más entero. A parte de que las horas que pasas en él pueden ofrecerte mucho espectáculo. Ayer, sin ir más lejos, entró una señora con una Biblia en la mano, envuelta en un folio blanco que con rotulador decía 'Law is the Biblie' (La ley es la Biblia). Muchas de estas personas que inician un discurso en el vagón se esperan a que el tren arranque. Una vez en marcha, esta mujer se puso a gritar frases incomprensibles con un inglés entre latino, portugués, indio y americano; vamos, que allí no había quien le entendiera. Lo gracioso llega en el momento que fui a cambiar de tren y la señora entró detrás mío. Pensé 'Noooo' y corriendo salí para saltar al de al lado que justo sus puertas se estaban cerrando y que el revisor volvió abrir y que, además, renegó por megafonía. Los otros pasajeros me observaron y no me quedó otra cosa que sonreír; sabía lo que acababa de pasar. 

Así, los días, las semanas y los meses han ido pasando. Dicen que a veces es bueno desconectar de la rutina y quedarte sin batería en el móvil, al menos, un fin de semana. El pasado sábado estuve en Boston. Una ciudad con cierto encanto, pequeña, manejable, limpia, segura -y más tras la explosión durante el maratón del 2013-, juvenil, con una brisa que llega del río Charles y que te obliga a ponerte una chaqueta en el mes de agosto. Sin embargo, cuando volví a Nueva York algo me hizo pensar que la adrenalina de esta ciudad engancha y que el momento de vivirlo, disfrutarlo y exprimirlo es ahora que, somos jóvenes, pertenecemos a la generación millennial y tenemos ganas. Y esto va por muchos de los españoles y amigos que tengo en la ciudad y quienes todos tenemos un propósito: llevarnos lo mejor de cada momento que vives en esta ciudad, ya sea más duro o más fácil.


NYC Subway


jueves, 15 de mayo de 2014

Muy frenética

Nunca conseguir algo había costado tanto. Y es que, hasta un sábado, una se despierta en Nueva York con prisas, corriendo a una reunión que, posiblemente, te traiga la oferta de trabajo que estabas esperando. Así que una vez más: Welcome to New York!

Esta ciudad frenética que comentaba en la anterior entrega, no deja de sorprender. Ya son cinco meses que intento conseguir un trabajo que me apasione y me permita tener una vida un poco más establecida en la ciudad. Pero estos cinco meses son pura adrenalina. Unas constantes subidas y bajadas. La oportunidad está aunque se resiste a llegar y parece que se retrasa. Tras un trabajo en un Wine Bar, otro en una empresa de cosméticos franceses, otro en una agencia de marketing online, uno como profesora de inglés, unas prácticas en una importadora de vinos españoles... Llega el momento que, con estas últimas prácticas me centro en una industria, un tanto sofisticada, interesante y en crecimiento. Por ahí van los tiros. Sumergida en los tipos de uvas, las añadas, las denominaciones de origen, los países, el mundo viejo y el mundo nuevo. 

Sin embargo, aquellas prácticas que vacilaban de un futuro próspero, llenas de experimentos y proyectos, de aprendizaje y explosión profesional, de promesas que se dicen y que luego no se cumplen, se quedaron en habladurías. Lástima, o afortunadamente que, todo en la vida, sirve para algo. La primera lección, nunca confíes en las palabras de un jefe, siempre ten guardada una alternativa para que al final quien salga beneficiado seas tú, y no él. Él, el Gran Jefe, al fin y al cabo, si no tiene las bases de cómo llevar un negocio y si no sabe gestionar una empresa, nunca verá tu potencial. Como dice la canción de Manu Chao, "si la vida te da más de cinco cabrones para aguantar, se fuerza la máquina de noche y día". 

Pues cabrones hay en todas partes, y disculpen la palabra no quisiera ofender. También hay cincos razones para seguir luchando, cinco razones para seguir soñando. La ciudad de Nueva York se mueve, se mueve y se engrasa cada día como esa máquina que rueda y que cuenta Manu Chao. Cada día más fuerte para afrontar las siguientes entrevistas, ofertas no cumplidas y/ u ofertas que llegarán. Su fin, llegar a conseguir que el día siguiente sea mejor que el anterior. No es fácil y, Nueva York, no lo pone fácil. 

Hay muchas frases que recuerdo a menudo, al menos, en esos 50 minutos de tren que tengo a diario para llegar a la famosa Penn Station y que, me sirven para mirar el día a día con más optimismo y mejor entendimiento. Una: paciencia es la madre de la ciencia. Seguramente, nunca me había inquietado tanto una situación de incertidumbre como en la que me encuentro ahora mismo. Otra: las cosas buenas tardan en llegar. Mi tío Patrick me recordaba esta mañana que a menudo, aquellas buenas oportunidades tardan más en cultivarse hasta que el fruto ya está listo. Una más: si lo consigues en Nueva York, lo consigues donde sea. Ésta la comentaba en la anterior entrega, la famosa canción de Frank Sinatra. Hace unos tres meses mi tío Paco me propuso escribir una entrega donde explicase a qué se debe esa frase. Por entonces, apenas recién aterrizada (y aún sigo como marca nueva en esta gran ciudad) no tenía argumentos sólidos para publicar algo así. Hoy sí. Hoy sí después de todo este esfuerzo, calvario, entrevistas sin respuestas, promesas incumplidas, trámites truncados, procesos desconocidos y charlas inesperadas. Hoy sí y si después de todo esto, no sale nada, es que la canción, esa canción, tiene mucho más sentido de lo que yo me imaginaba. 



Los pescadores saben que el mar es peligroso y la tormenta, terrible. 
Pero este conocimiento no les impide hacerse a la mar.


viernes, 25 de abril de 2014

¡Cuánto me estáis enseñando!

Pues sí, llevo casi cinco meses en la ciudad y hay muchas historias que contar. Algunas las intento reflejar en Las Cuatro Cuarenta. 

Pensamos que vivir en una ciudad de nombre es 'cool', formidable, diferente, apasionante y sobre todo, que todos los ojos están puestos en ella. Sin embargo, hay otros que encuentran fascinante vivir en ciudades exóticas, sin nombre, culturalmente diferentes, atractivas por su lejanía y maneras de supervivencia. Pero si lo piensas detalladamente, la ciudad en sí, no importa. En cambio el lugar sí, ¿por qué?. Por la sencilla razón de que el lugar es el que creas, el que te sientes infentificada y cómoda. 

Por ejemplo, la ciudad de Nueva York es esa a la que se le llama: New York City. Es esa que tiene al mundo entero mirándola. Se le mira y se le apasiona porque la sociedad, nosotros, hemos creado que así sea, ese concepto mágico de que Nueva York es NUEVA YORK. Hemos crecido con la idea de que esta ciudad lo tiene todo, y es cierto, aunque igual carece de limpieza urbana y otras historias más. Esta es la ciudad a la que se le han escrito decenas de canciones. Donde se dice que conseguirlo aquí, es conseguirlo en todas partes. La ciudad que amas y odios en un mismo día. La ciudad que recomiendan vivir una vez en la vida pero te dicen que te vayas antes de que sea tarde.

Sin embargo, también puedes irte a vivir a ciudades que por su situación geográfica la hacen un poco más insólita. Como es Auckland, la ciudad más poblada de Nueva Zelanda, conocida como las antípodas españolas. Ese mundo entero que hay que recorrer para que no hayan distancias. Solo existen las que nos proponemos. Ese país donde el 30% del mundo no sabe ni donde está, ni que hay allí, ni que existe. Ese país que en numerosas ocasiones se le confunde con Australia. Ese país que cuando se nombra, le sigue una cara de felicidad. E incluso, el país que por ser tan poco conocido y pequeño hace ¿qué perjudique al comportamiento neozelandés?

Sin ir más lejos, las redes sociales reflejan este movimiento general dividido por las nuevas tecnologías, edades, sexos y demás. Gracias a la actualización de estado en el Facebook, por ejemplo, uno se hace una idea que intereses tiene un neoyorquino, neozelandés o tailandés. El primero intentará siempre llamar la atención poniendo anuncios, haciendo preguntas y organizando eventos. El segundo fascinará a todos por la historia tan alucinante que acaba de ver en el metro, compartirá lo más inverosímil que hay en las calles de la ciudad o anunciará su próximo estreno artístico. Y la tercera, se limitará a colgar fotos de comida, de sus playas de aguas turquesas y de ellos mismo con cara de felicidad. De hecho, acaba de salir un estudio que dice que la gente de Bangkok y Sao Paulo son los más felices en sus 'selfies'.

De este mismo modo, la actitud de un neoyorquino frente a ciertos problemas, no será igual que la que refleje un neozelandés. Sus habitas son diferentes. Allá donde un conflicto cívico ruso parece no importar porque los intereses económicos, políticos, sociales no tienen nada que ver con el país; en Nueva York, en Estados Unidos, algo así se mira con lupa. Y así, lo mismo ocurre con un sin fin de historias que pueden afectar a dos sociedades anglosajonas totalmente diferentes.

En fin, que mientras unos intentan llamar la atención, otros ya la tienen. En una ciudad se reúne más cantidad de gente que un país entero. En los dos sitios les une una misma lengua, diferente acento, mismos 'bagels' (panecillos), mismos hábitos y diferente comportamiento. Y ya que nombré Tailandia, y mi paso por Bangkok, en alguna entrega confrontaremos la sociedad asiática con la americana. Dos mundos. 

Nueva Zelanda y Nueva York.
Nueva York y Nueva Zelanda ¡cuánto me estáis enseñando!


"Dime y lo olvido, 
enséñame y lo recuerdo, 
involúcrame y lo aprendo".

Buenos días mundo

Me comentan que estos días está lloviendo y hace feo en Valencia y que, incluso mejor porque así no entran más ganas, aún si caben, de salir...